Contaba la cantante Cecilia cómo una esposa que llevaba mucho tiempo con su marido recibía, cada nueve de noviembre, un ramito de violetas de un admirador desconocido que intentaba así, desde el anonimato, conquistar su cansado corazón. El mencionado esposo se había convertido en una especie de “diablo” –como suele suceder con las largas convivencias-, mientras que ella mantenía con ilusión esa secreta historia como un balón de oxígeno para respirar y seguir adelante. Claro que lo que la ingenua no sabía era que, ése que veía con ojos de recelo, era el mismo que se encargaba de hacerla feliz con tan delicada e invisible protección…
Alberto Cortez, por su parte, dio forma a un bellísimo poema con el que recordaba a su mujer que, aunque él estuviera lejos, actuando, ganándose el pan como artista, todas las noches recibiría una rosa tan imaginaria como real para consolarla desde la distancia y recordarle que, a pesar del mundo y a pesar de todo, su amor seguía vibrando estuviera donde estuviera.
Los detalles marcan la diferencia y a mí me gusta la gente que sabe aceptarlos… y, para equilibrar la balanza, tenerlos. Porque los detalles no son cursis, ni anticuados, ni agresivos. Son como esas caricias transparentes que solo algunas almas sensibles saben captar y que hablan de uno más que las palabras mismas. Lástima que, en sociedades tan políglotas y tan vociferantes como las nuestras, éste de los detalles sea un lenguaje casi olvidado.
