Sobre el amor existen muchas teorías porque, como todo, el amor cambia. Cambia en función de la época, de la cultura, de la edad, del sexo… Yo mismo no entendía este sentimiento igual hace veinte años que ahora, etapa en la que coincido plenamente con lo que, sobre él, habla la recién estrenada “La chica danesa”. Una película que tenía muchas ganas de ver y que, la semana pasada, me emocionó profundamente disfrutándola en compañía de María José Suárez –muy contenta con cómo marcha su línea de ropa, de la que, pronto, abrirá tienda en Sevilla- y el estilista Paco Cerrato.
Ahí se cuenta la historia de la primera transexual que se sometió a una operación de cambio de sexo, Lili Elbe, tras compartir ese deseo con la que, como hombre, era su esposa, Gerda Wegener. Ésta, lejos de asustarse, supo entender a su pareja y, dándole la mano, se dispuso a recorrer a su lado el camino hacia lo que, para él/ella, era la felicidad. No fue el suyo un amor perfecto ni de cuento de hadas. Fue AMOR, con mayúsculas, del que apoya al otro más en lo difícil que en lo fácil, del que asume que, cuando se quiere de veras, se acepta el lote completo.
Ése es el amor al que aspiro. Alejado de reproches por cómo soy o por cómo no soy. Que me deje ser yo y que ande conmigo hacia donde la vida nos lleve bajo la certeza, como a mí me pasa cuando amo, de que, cuando se mira con el corazón, hasta las imperfecciones también tienen su encanto.
