De Goya o Lorca a extravagantes propuestas, los diseñadores de la segunda jornada del Salón Internacional de la Moda Flamenca, sorprenden por su imaginación
Si siente curiosidad por ver cómo son unas flamencas que parezcan casi de todo menos eso, el Certamen de Noveles que Simof celebra cada año puede ser la ocasión perfecta. Una cita en la que la imaginación desbordada de los creadores más jóvenes –diez en concreto, procedentes de diferentes puntos de Andalucía- se plasma en una serie de innovaciones que poco tienen que ver unas con otras y que puede que hablen de cómo será nuestro traje típico en unos años pero que, de momento, parecen dibujar una estampa demasiado futurista. Sea como sea, el ganador de este año –muy aclamado por el público- fue el sevillano Luis Fernández que con “Habemus flamenca” consiguió el premio de cinco mil euros que otorga el Instituto Andaluz de la Juventud.
Eso fue lo acontecido durante una mañana de viernes que ya en su tarde dejó paso a firmas consagradas como Arte y Compás, la cual recurría a fiestas tradicionales andaluzas como las romerías o las cruces de mayo para recuperar patrones clásicos, acompañados de unos mantocillos del mismo estampado y flecos interminables que se empeñan en regresar desde esos cajones donde han estado guardados algún tiempo. Posteriormente llegaba desde Algeciras la marca Flamencas, apostando por conjuntos de dos piezas con faldas de alto talle que conjuntaban con sensuales blusas de mangas translúcidas y provocadoras espaldas.
Modelo dando movimiento a una creación de la diseñadora Ana Morón
A las seis y media comenzaba la propuesta de la cordobesa Trinitrán, quien pensaba en un “total look” donde pendientes, peinecillos, collares o broches cobraban la misma importancia que unas confecciones con carácter, de pantalón en su mayoría y camisas de hilo o lino con tiras bordadas y encajes. Era el preludio de un desfile muy esperado cada edición por la originalidad de sus pequeñas obras de arte en forma de vestidos y que esta vez han querido homenajear a Goya. Así, Ana Morón tiraba de ingenio para sacar lo mejor del mítico pintor, dando uso a las clásicas madroñeras que, en lugar de en el pelo, ataviaban mangas y escotes para darles contemporaneidad.
Y como es habitual en Simof, se producía un gran giro argumental. María de Gracia cambiaba el registro anterior y ponía en pasarela una línea realizada por completo en tejido de redes en 3D, habitual en vestuario deportivo, y con patrones que respondían a líneas rectas en la pieza inferior y chaquetas que aportaban seguridad al conjunto. Como compañero de pase, la antítesis. Un Antonio Manuel Gutierrez que se acordaba de Lorca y sus obras cumbre a partir de una idea mucho más conservadora de la gitana.
Molina Moda prescindía de las modelos para sacar a escena a “bailaoras” que dieran vida a unos trajes hechos para esa mujer que va al real a disfrutar bailando, con faldas de vuelos altos, cómodas y frescas. Nada que ver con Cristina García, que mostró en “Silencio” una colección extremista pensada para la extravagancia. Locura de lunares con forma de discos de vinilo, centenares de metros de tul en un solo estilismo o lentejuelas en una muestra no pensada para vender sino para encandilar al público, algo que logró con creces.
Como “broche de oro”, Javier García recurría a los grandes volúmenes de sus densos volantes para convertir el andar de la mujer en una especie de ilusión óptica. En contraposición, cuerpos entallados con líneas diagonales o asimétricas nada vistas en estas lindes, estilosos, atípicos y muy trabajados que culminaban con un diseño con infinita capa roja. Y es que este salón es mucho más que flamenco…

Los vestidos de corte asimétrico de Javier García pusieron el colofón a una noche con mucho diseño / Reportaje gráfico: Fotografia González.


