El presentador de “Pasapalabra”, y exitoso escritor de novelas, ofrece en “Rezar por Miguel Ángel” la segunda parte de su trilogía renacentista
A Christian Gálvez le apasiona el Renacimiento y sus personajes. Leonardo da Vincci, sobre todo (por eso tiene una biblioteca dedicada a este genio), pero también Miguel Ángel o Rafael, que tendrá que esperar aún un poco para verse incluido en una trilogía a la que ahora le toca una novela inspirada en el genio que dio forma a esculturas míticas como David o Moisés. Casado con la ex gimnasta Almudena Cid, el que es uno de los rostros “estrella” de Telecinco, como corresponde a un hombre tan instruido, es rápido como el rayo en pensamiento y respuestas…
-¿Tendrían cabida personajes como Miguel Ángel, Leonardo o Rafael en nuestra sociedad?
-Sí. De hecho existen y son marginados. A veces les decimos que tienen un TOC, cuando son niños les damos pastillas en vez de ayudarles a encontrar algo que les apasione de veras. Es la diferencia entre el Renacimiento y el siglo XXI. Entonces podías ser escultor, arquitecto, escritor y científico. Solo te pedían que lo demostraras y, si lo hacías, te quedabas. Hoy dices que eres periodista y cantante y no lo consideran posible. Tendemos a prejuzgar.
-¿A usted mismo le ha pasado eso profesionalmente?
-Claro pero siempre comento lo mismo. Si el chocolate no ha conseguido gustar a todo el mundo… Lo que pasa es que llega un punto en tu carrera en el que te das cuenta de que no hay que gastar esfuerzo en luchar contra los prejuicios. ¿Para qué desperdiciar energía en gustar a quien no le gustas en vez de agradarle más a quien le gustas sin prejuzgarte?
-¿Si tuviera que escoger entre la “tele” y escribir…?
-No lo haría. Tengo la opción de mantener las dos.
-Pero antes en el carnet de identidad se indicaba una profesión… ¿Cuál sería en su caso?
-Espíritu renacentista. Creo en la multidisciplina pero aquí parece que hay que elegir. ¿Madrid o Barça? ¿Izquierdas o derechas? ¿Por qué no vale el centro?
-Por lo tanto entiendo que tendrá más intereses televisivos que su programa actual, ¿no?
-El único interés televisivo es seguir juntando cultura y entretenimiento, que hace tiempo era algo casi imposible en ese medio. Y aguantar tanto como Jordi Hurtado… (risas). Él sabe que quiero ser como él.
-En su carrera pasó de ser muy conocido al anonimato… ¿Eso le hace valorar más lo que tiene?
-Me prepara para cuando no esté en un momento como el que disfruto hoy. La mayor lección es cómo afrontar cuando no tengas programas, ni libros, ni gente que te reconozca por la calle. Lo viví con 21 años y fue un dramón pero no se me cayeron los anillos y me puse a vender videojuegos.
-¿La popularidad engancha?
-A mí no. Uno quiere ser libre de estar tranquilo en un sitio pero, los que trabajamos cara al público, lo hacemos “por” y “para” él.
-¿Qué le dice su mujer sobre sus textos?
-Que menos mal que tengo las novelas para descargar mi “lado oscuro” (risas). Toda luz, cuando ponemos un objeto delante, emite sombras…
-¿Cómo lo hace para pasar del ritmo endiablado de una grabación al más sosegado para escribir?
-Es que yo trabajo dos meses y uno, no. Tengo cuatro meses libres al año durante los que vivo en Italia. El cincuenta por ciento de las novelas las escribo allí.
-Hubo una época en la que fue portada de una revista masculina luciendo “palmito”…
-Pero me rompí la columna hace tres años y hago el ejercicio justo para no volver a rompérmela. Después de aquel experimento cultivo mucho más la mente.
-¿No se considera esclavo de la imagen?
-Es que cuando entré en “Pasapalabra” no era el tío de “Men´s Health” sino un tarado con la cabeza rapada que se dedicaba a pegar gritos por la calle con una corbata y unas gafas negras. Creo que buscaban el talento.
-Pero la belleza abre puertas, ¿no?
-Y las cierra. No es mi caso porque nadie me ha contratado por ser ni guapo ni feo. Me costó “mogollón” llegar y creo que estoy porque lo he demostrado.
-¿Hablar de política es peligroso?
-Es cavar tu propia tumba. Por eso, si me preguntas, no responderé. Es sentido común, no autocensura. No tengo necesidad de ser el paladín de una causa que me da igual. Prefiero hablar de los derechos de los niños o de perseguir pederastas en Camboya. Que yo diga a quien voto no cambiaría el mundo y, si lo hiciera, “me mojaría”. Si tuviera algún poder ya habrían hecho algo los partidos por captarme y a mí, por lo que me alegro mucho, nadie me ha llamado.