Pocos son los que pueden resistirse al embrujo de Sevilla. De hecho, una vez me dijo Nati Mistral que la nuestra no es una ciudad para vivir sino, más bien, “para morir”. Y así, quienes van acercándose, suelen caer rendidos a nuestros encantos. Le pasó a Carmen Lomana, que ha hecho de ésta su segunda casa, y le ha sucedido a Ainhoa Arteta, soprano la cual, en los últimos tiempos, está cada vez más presente en eventos como el que, el viernes pasado, tuvo lugar en la sede de Cajasol de la Plaza de San Francisco.
Allí tuvo lugar la clausura de la II jornada científica de la Fundación que amadrina Ainhoa y que mi querida Rocío Vázquez puso en marcha hace un par de años, fecha aproximada en la que, en “Sevilla Magazine” (en febrero de 2014 concretamente), hicimos un editorial donde, por primera vez, la mencionada diva de bel canto se vestía de flamenca. “Nunca he salido tan guapa en unas fotos”, llegó a confesarme tras un resultado para el que contamos con trajes como los de Pilar Rubio o Pol Núñez y en el que, el estilismo, corrió a cargo de Javier Mascareña.
Arteta, enamorada del buen hacer de éste, lo ha convertido en su estilista de cabecera y, a raíz de esa amistad que mis ojos vieron nacer, han surgido vínculos como el de la doctora Vázquez u otros que la han ido convirtiendo en la vasca más sevillana. Ahora disfruta de la feria como una más y canta a la Macarena en Semana Santa frente a frente. El vuelo de las mariposas, en cuya magia ella cree, tanto le trajo hasta aquí. Suerte la nuestra.
