Pertenezco a una generación en la que no existía el móvil, que llegó cuando yo tenía como veinte años. Una generación en la que, cuando había que comentar algo, se llamaba por teléfono y, si se podía, te lo cogían (no como ahora que intentas comunicarte con alguien y está libre pero prefiere usar el whatsapp a la voz). Y en la que, lo que más me choca en relación a la actual, los asuntos conflictivos (en especial, los emocionales), se resolvían entre quienes eran protagonistas de los mismos (o, como mucho, el círculo cercano) y no empleando las redes sociales para enviar mensajes, directos o indirectos, a aquellos que quieres que se enteren de según qué cosas pero evitando el cara a cara o la confrontación directa.
Ayer mantenía una interesante charla con Fernando Sánchez Dragó y me contaba que en la actualidad pasamos de la infancia a la adolescencia y, de ahí, de nuevo a la adolescencia repetida una vez tras otra hasta llegar a la muerte. Vamos que nos ha tocado una época en la que el “niñateo”, manda y, por tanto, en la que se ha impuesto lo peor de la evolución humana (y si no, que le pregunten a los padres de cualquier momento de la historia).
Que Feliciano López o Alba Carrillo (u otros tantos) hagan comentarios, el uno del otro, en sus perfiles de twitter o Instagram es de lo más normal del mundo. Y que nieguen que lleven la intención de atacarse, también. Lo que no cuela es que nos intenten tomar por tontos. Aunque, como en mi caso, seamos de otra generación.