Muchas personas fuertes, con carácter, con personalidad, suelen dar, como compañeros emocionales, con otras personas que no solo no las saben valorar sino que, aprovechándose de la luz de las primeras, iluminan su propio camino. Son los bien llamados “vampiros energéticos” que, queriendo o sin querer –habría que analizar cada caso-, te “chupan” tu positividad hasta dejarte “seco”. Una realidad recurrente que, anoche durante una cena de la Moda Cálida en la que me encuentro, surgió entre una periodista de la revista “Cosmopolitan” y quien les escribe. Al final, esa experiencia que ella ha tenido y la mía eran bastante parecidas porque, en el fondo, los patrones humanos –como patrones que son-, se repiten.
Lo que hay que tener claro es que, lo reconozcamos o no, al “vampiro” somos nosotros quien le dejamos pasar –ya saben que, según sus “leyes”, los esbirros de Drácula no pueden entrar en ninguna casa si no se les invita- con lo que termina siendo nuestra responsabilidad el que nos ataquen de mil maneras que se resumen en una: comerte el terreno, hacerte sentir pequeño (para crecerse ellos), buscar mil excusas para que tú seas responsable y culpable de todo lo malo. “¿Quién te ha demostrado por ti más que yo?”, me llegó a decir en numerosas ocasiones alguien que, paradójicamente, nunca tuvo en su vida un sitio para mí.
¿Moraleja? Hay que parar a tiempo. En cuanto le veamos las orejas al lobo, “bye, bye, hasta nunqui y, se te he visto, no me acuerdi”.