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SOCIEDAD,

Concha Velasco “Desaprovechamos demasiado amor”

28 febrero, 2015

La actriz, de 75 años, se encuentra en Sevilla representando “Olivia y Eugenio” y disfrutando de una ciudad a la que ama desde siempre

por Ricardo Castillejo

Concha reconoce que con Olivia y Eugenio cada función es como la primera. Foto Javier Naval

Concha reconoce que con Olivia y Eugenio cada función es como la primera. Foto Javier Naval

Hace un año representaba “Hécuba” cuando le detectaron un cáncer linfático que le obligó a suspender la gira. Cuatro operaciones después, la escena pudo más que cualquier afección y regresó como protagonista de “Olivia y Eugenio”. Una obra con la que ha devuelto a ese teatro Lope de Vega que tanto ama y donde permanecerá hasta mañana dando vida a una madre que un buen día decide quitarse la vida porque –también víctima del cáncer-, no está dispuesta a pasar la degeneración física a la que puede llevarle la enfermedad ni, sobre todo, a dejar solo a su hijo, un chaval encantador con síndrome de Down. En la piel de esta señora de clase alta y cultivada, viuda de un ludópata y bebedor, se mete Concha Velasco junto a Rodrigo Raimondi, hijo del barítono de fama internacional Ruggero Raimondi el cual demuestra una capacidad de trabajo y concentración más que meritoria.

-¿Qué ha encontrado en esta función diferente a otras en las que, a lo largo de su carrera, haya podido participar?

-Pues mira, mis hijos –a los que suelo perseguir siempre para que me pasen el texto- fueron al estreno en Zaragoza sin haber escuchado nada de la historia y al terminar se acercaron y me comentaron: “No sabes lo que es sentirse a cada frase señalados con el texto”. Hablamos de la sociedad, de lo que es normal y lo que no lo es, de la familia, de esos padres que están tan preocupados de sí mismos que no reconocen los defectos de sus hijos… Es un reflejo de todos nosotros, no solo de Olivia, la protagonista.

-¿Por qué somos buenos o malos por naturaleza?

-Hombre, yo creo que el ser humano es bueno por naturaleza. Lo que pasa es que se notan más los malos. Debe haber un gen de la maldad que se aprovecha de los buenos. En “Hécuba”, mi anterior función, se ponía esto sobre la mesa. Llega un momento en el que se necesita justicia y, si el poder político no la da, los ciudadanos se la toman por su cuenta.

La actriz ha vuelto pletórica a los escenarios.Foto Javier Naval

La actriz ha vuelto pletórica a los escenarios. Foto Javier Naval

-¿Tiene moraleja esta historia?

-La que desaprovechamos demasiado amor. Hasta que no he conocido tan directamente a un Down, no me he dado cuenta de eso. No sabes lo cariñosos y generosos que son… Luego también trata otras cuestiones, como la eutanasia, en un párrafo que yo rechazaba porque, en realidad, las cosas son distintas desde fuera y, cuando se trata de ti misma, es diferente. Me ha cambiado mi relación con mis hijos. Más amor y menos carácter.

-¿Nunca pierde la ilusión?

-Lo malo es cuando piensas: “Esto ya me ha sucedido”. Cada día espero algo nuevo. Llenar el teatro, que guste esta función, poder volver a casa y estar con mi nieto, Samuel. Ése es mi horizonte. Tiene seis años y está creciendo tan deprisa…

-¿Está siendo diferente como abuela a lo que fue como madre?

-Sí, mucho. Ahora entiendo cuando murió mi padre (que era un militar muy tremendo) y sus nietos le lloraban. Como madre también he sido muy tremenda. Les he hecho ir al colegio hasta con una pierna rota…

-En la obra hay una referencia al esposo difunto de su personaje… ¿Todos los hombres son iguales?

-Los hombres para mí solo existen en la ficción (risas). Los míos de verdad son mis hijos, Samuel, mi hermano… Poco más. Salvo excepciones, los demás no me interesan mucho.

-Con Sevilla tiene mucha mejor relación, ¿verdad?

-¡Ah! ¡Sevilla, sí! ¡Por Dios! ¡Que me dejen otra vez descubrir Sevilla! Menos mal que no me he dedicado a la política porque, los que pintan las paredes por ejemplo, me parecen lo peor. Me encanta entrar en la catedral, dar un paseo por la Torre del Oro… Solía venir con la familia pero, económicamente, ahora no puedo.

conchavelasco04-Entonces, ¿hasta el final con las botas puestas?

-¡Claro! Y no solo porque es mi forma para ganarme la vida sino porque, ¿imaginas en casa dándoles la lata a mis niños?

-Siempre le quedaría el público, que la señala como una de las más populares de su profesión… ¿Le agrada esa fama?

-En realidad me gustaría ser más anónima. Con el móvil hemos perdido mucha privacidad. Nunca puedes relajarte porque te sacan una foto en cualquier lado… Y fíjate que te lo dice alguien que soñaba que me pedían autógrafos a la salida del teatro… Eso está bien pero lo otro, no. Es como cuando estás comiendo y te sueltan: “Perdone que le moleste…”. Pues no lo haga. O como cuando vas a la Iglesia a escuchar misa y no te dejen. Cualquier día el sacerdote para y me pide un “selfie” conmigo (risas).

-Pero usted ha confesado que si llega a un sitio y no la conocen, se molesta aunque, al contrario, también…

-(Risas) En Canarias, en un certamen al que me invitaron y donde consideraba que no me estaban tratando como merecía, salí a la puerta del sitio y empecé a saludar a todo el mundo hasta que se dieron cuenta de que no lo estaban haciendo bien (risas).

-Los políticos precisamente lo están haciendo regular, ¿no? ¿Quiere manifestarse al respecto?

-No. Tengo mi opinión pero no la digo. No quiero hacerlo…

Ricardo Castillejo

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