La primera vez que la conocí aún no había terminado de estudiar mi carrera. Era presentador de un programa que se llamaba “Hablar con Sevilla” y la cadena para la que trabajaba, Onda Giralda, tenía previsto empezar a emitir un espacio de la vidente Concha Pino, “La vida es una magia”, que hace dos décadas fue la primera aventura televisiva donde, durante una hora completa, una profesional seria se dedicaba a leer en las cartas el futuro de los espectadores.
Así, los directivos me pidieron que me reuniera con Concha y su secretaria, Cristina, para ver si existía “feeling” entre nosotros y, a partir de ahí, ponernos manos a la obra. Una cita que aún mantengo fresca en la memoria como si hubiera pasado ayer mismo y durante la que descubrí, sobre todo, a dos maravillosas personas que desde aquel entonces me han acompañado, con más o menos distancia en función de la época, en mi camino.
Pero hasta la buena gente se va y hace justo una semana recibía una llamada de Concha para avisarme que Cristina, “su” Cristina, “mi” Cristina López Canti, había perdido la batalla contra un cáncer que minó su salud hasta, al final, arrebatársela por completo. Una muy mala noticia de la que aún no me he repuesto y que me lleva hoy a escribir estas líneas en memoria de uno de esos seres de luces que, al despedirse, dejan una parte del alma a oscuras. Con la emoción contenida la he conducido ya a ese territorio, los recuerdos, donde uno permanece mientras alguien te ama. El auténtico secreto de la vida eterna.
