Tuve un profesor en el colegio que solía comentarnos que, aunque uno tuviera de sí mismo una imagen concreta, fuera la que fuera, si los demás pensaban lo contrario –o algo diferente al menos-, era el criterio ajeno el que terminaba prevaleciendo aún por encima de nuestra propia convicción. En realidad, las cosas se ven desde mejor perspectiva con cierta distancia exterior ya que, al resultar bastante complicado ser objetivo respecto al “yo”, tendemos, en general, a magnificar o a empequeñecer lo que en realidad somos. Y ya saben que, al final, ni tanto… ni tan poco.
El caso es que ayer compartí un encantador encuentro con Mario Vaquerizo quien fue primero marido de Alaska hasta que, azares del destino, se convirtió en el popular personaje que es hoy día tras sus múltiples apariciones, sobre todo, en televisión (amparado en una arrolladora personalidad muy típica, por cierto, de los hombres cáncer como él). Sin embargo, los “cangrejos” se las saben todas para esconderse bajo su caparazón y mostrar al mundo exactamente lo que ellos pretenden (poniendo a salvo su sensible corazoncito) aparentando algo que luego resulta que no es tan como parecía.
Y así, el artista-periodista-tertuliano-presentador-“estrella” mediática y representante, se prodiga ahora con éxito en su faceta de escritor de libros como “Fabiografía”, la historia de Fabio McNamara que ha lanzado al mercado editorial y de la que, ayer mismo en primicia, me avanzaba acaba de comenzar a vender la segunda edición. Aclaro, antes de continuar, que el citado Fabio fue uno de los referentes más destacados de la “movida madrileña” y que, muso de Pedro Almodóvar, protagonizó algunos de los momentos más divertidos e inolvidables de una época de luces pero, a la vez, de sombras tan alargadas como la de la droga. McNamara cayó en sus redes y bajó hasta lo más profundo para, desde ahí, tener una revelación mística –deben leer el texto de Vaquerizo- que le permitió salvarse y alejarse de unos excesos que, por tales, nunca terminan bien. Claro que, el punto intermedio, es tan difícil…
Mario sabe que vive (o ha vivido) en el extremo. Es consciente de que a todo el mundo no puede caerle bien y de que la alocada imagen que transmite, según me explicaba, no corresponde con la auténtica realidad. Por eso me recalcó que “de colgado, ni un pelo” y que sabe lo que quiere, cómo y cuándo lo quiere. De hecho, tiene a la esposa que ha deseado conquistar, está en el punto profesional que ha buscado, se dirige hacia los puertos que proyecta, gana mucho dinero y, por si fuera poco, le importa un comino lo que se opine sobre su persona… ¿Hacen falta más señales de coherencia? Analizando los resultados pienso poner en marcha su ejemplo pues es más que evidente que, digan lo que digan, “ande yo caliente…”.