Antes se decía que un ser humano, para realizarse totalmente, debía cumplir tres requisitos: escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Hoy, sobre todo en lo referido a los famosos, las cosas han cambiado y, si uno quiere convertirse en uno de ellos, parece ser necesario tener un perfume con tu nombre, una línea de ropa que nazca bajo tu firma y un serie de cremas que logren la juventud eterna que, la protagonista en cuestión, ha conseguido. Claro que, aunque uno sepa que, en la mayoría de las ocasiones, el popular no hace mucho más que prestar su imagen al negocio -creo que todos estamos de acuerdo en que la sombra de la sospecha está ahí-, hacemos como que nos lo creemos y, si nos gusta el producto, terminamos picando.
Así, en el primer caso tenemos desde gente como Vicky Martín Berrocal o la otra Victoria, Beckham -quienes han terminado haciendo de ello su profesión-, a Lola Herrera, cuyos originales diseños se venden en un establecimiento de Madrid. En cuanto a las fragancias el listado sería casi interminable y, puestos a oler, lo mismo podemos hacerlo como Ana Rosa Quintana, David Bisbal, David Bustamante, Antonio Banderas o la inolvidable Carmen Sevilla.
Sin embargo, lo que a mí más me llama la atención es el último punto, en especial si ahí encontramos a Isabel Preysler quien, aparte de anunciar azulejos, ahora promete una piel como la suya si usamos los “potingues” que ha lanzado con su sello. La duda es: ¿tienen el mismo efecto sobre el resto de los mortales sin pasar por el filtro de cirugías, vitaminas y demás pinchazos?