Mi tía Pepi es genial. Creo que todo el mundo debiera tener una tía Pepi como la mía en su familia porque, si así fuera, seguro que las cosas nos irían de otra manera. Poseedora de un sentido del humor a prueba de bombas, la hermana de mi madre –con más de siete décadas encima (si se entera que lo he contado, me mata)-, analiza todo lo que pasa en nuestra sociedad bajo una perspectiva inteligente y, como tal muy sensata. Y aunque no presta una especial atención a los famosos de hoy día, lo cierto es que los tiene calados con una psicología que hasta el mismísimo Freud envidiaría.
El caso es que el otro día me comentaba por teléfono la “mamarrachez” que supone tener un personaje como Belén Esteban en televisión y, al mismo tiempo, lo bien que se lo han montado para que tengamos una cierta necesidad de seguir las andanzas de la que es una especie de “bufón” de unos tiempos modernos en los que, en lugar de entretener a los que mandan, se busca el que las masas tengan la mente distraída para que no piensen demasiado (y no se den cuenta de lo que hay de veras). “No me gusta pero, al final, terminas cayendo…”, me contaba con criterio mi tita.
Y es que la que es uno de los emblemas de Telecinco ha logrado (porque el “gancho” es fundamentalmente suyo) que el público en mayoría se enganche a “Gran Hermano Vip” para seguir sus aventuras y desventuras. Eso, en realidad, no es malo. Lo malo es no sentir necesidad de conocer el infinito universo de posibilidades que hay más allá de ella. 