No es ningún secreto mi admiración por Paloma San Basilio. Con su participación en Eurovisión entró en mi vida y, desde entonces, ahí está, ocupando un lugar importante en mi corazón. El por qué no lo sé pero supongo que la mezcla de su personal belleza, su impresionante voz, las cuidadas letras de sus canciones, su formación y su inteligencia y muchas cosas más forman un conjunto que me sorprendió y que, a día de hoy, me sigue sorprendiendo.
Paradojas del destino, sin buscarlo ni esperarlo, con el tiempo ha sucedido al revés y he sido yo el que, tímidamente, sé que, tal y como ella me ha demostrado, he pasado también a ocupar una pequeña parcelita en la realidad de esta diva entre divas que el miércoles estrenó una nueva faceta de su multidisciplinar personalidad: la de actriz de teatro. Una aventura que no lo hizo en cualquier escenario –nada más y nada menos que en el anfiteatro de Mérida-, ni con cualquier papelito –durante una hora y media se transformó en personajes referentes de la historia de este arte como Antígona, Fedra o Helena de Troya-.
Pocas figuras cuentan con una trayectoria donde hayan hecho tanto como Paloma quien, sin pretender ser la mejor en nada, siempre resulta victoriosa en todo. Tomar buenas decisiones hace que seamos más felices y yo, el día que la elegí a ella, acerté. Es mi particular Galatea, la musa ante la que, en cada encuentro, mi alma se emociona. Un vuelo de luz que siempre reconforta.
