Existe, al menos para mí, una diferencia entre considerar a una persona “guapa” y pensar que es “bella”. Y así, mientras la “guapura” no depende de uno (y sí más de la “madre Naturaleza”), la belleza es la paz y la reconciliación personal, algo que emana por los poros de la piel y que hace que alrededor todo fluya y sea positivo y armonioso. Un don que, o bien se nace con él, o al que se llega después de un arduo trabajo personal de limpieza de negatividades y cargas emocionales “chungas”.
Después de haber coincidido en varias ocasiones –y, sobre todo, de haber trabajado juntos para el editorial de flamenca que publicamos en “Sevilla Magazine” en estas mismas fechas el año pasado-, puedo asegurarles que Edurne, nuestra flamante nueva representante en Eurovisión, es una mujer tremendamente bella que seguro hará un gran papel en el festival. Un concurso que necesita, sobre todo, de buenas artistas como ella para no perder nivel y que a España, lejos de frikismos, la posicionen lo más arriba posible en el listado de participantes.
Y para eso la madrileña tiene muchas papeletas. Canta, baila, tiene imagen y, volviendo al principio, desprende un halo de magia que, vaya donde vaya, deja enamoradito a cualquiera que tiene oportunidad de conocerla. Reconducida en el mundo del espectáculo por Oscar Tarruella, el marido –y mánager-, de Mónica Naranjo, Edurne se está haciendo un lugar, sobre los escenarios o en la televisión, ganado a pulso. Porque para triunfar no siempre es necesario el “mal rollo”.