Mi amiga Sara es una de las mejores personas que me he encontrado en mi camino y con ella disfruto una amistad que ni la distancia, ni el tiempo, pueden romper. Mujer sabia y temperamental (ambos conceptos no están reñidos), desde Barcelona mantiene conmigo una comunicación diaria a través de la que nos contamos los problemas y las alegrías que nos van surgiendo y ante los que, el uno con el otro, nos apoyamos. El caso es que, el viernes a mediodía, recibí un correo suyo donde me exponía un texto que había encontrado y que procedía de unas declaraciones dadas por Meryl Streep, posiblemente la actriz más admirada de la historia. En dichas líneas, esta señora de 65 años ya no hace sino llegar a una serie de conclusiones con las que no solo coincido sino que, además, refrendo por contener la filosofía a la que, en estos últimos tiempos de tantos cambios para mí, he llegado. Y así, ahorrándome bastante del esfuerzo intelectual que supone escribir esta columna –algo que, en cuanto lean las sublimes reflexiones de la artista, perdonarán de inmediato-, paso a reproducirles íntegramente sus palabras para, de seguido, llegar a algunas conclusiones…

“Ya no tengo paciencia para algunas cosas, no porque me haya vuelto arrogante, sino simplemente porque llegué a un punto de mi vida en que no me apetece perder más tiempo con aquello que me desagrada o hiere. No tengo paciencia para el cinismo, críticas en exceso y exigencias de cualquier naturaleza. Perdí la voluntad de agradar a quien no agrado, de amar a quien no me ama y de sonreír para quien no quiere sonreírme. Ya no dedico un minuto a quien miente o quiere manipular. Decidí no convivir más con la pretensión, hipocresía, deshonestidad y elogios baratos. No consigo tolerar la erudición selectiva y la altivez académica. No me ajusto más con la barriada o el “chusmerío”. No soporto conflictos y comparaciones. Creo en un mundo de opuestos y por eso evito personas de carácter rígido e inflexible. En la amistad me desagrada la falta de lealtad y la traición. No me llevo nada bien con quien no sabe elogiar o incentivar. Las exageraciones me aburren y tengo dificultad en aceptar a quien no gusta de los animales. Y encima de todo ya no tengo paciencia ninguna para quien no merece mi paciencia”.
“Dixit”, sería la perfecta conclusión de la autora de estos pensamientos los cuales, echando un vistazo alrededor, advierten de la artificialidad de la que, con frecuencia, nos rodeamos. Personas que buscan de nosotros todo menos lo que nosotros somos, que se conforman con mínimos oasis en el desierto y que realizan su camino apenas tocando la superficie de la realidad. Meryl, con cuatro hijos y una carrera plagada de auténticos éxitos, habiendo tocado todas las cimas interpretativas que pueden tocarse, con 18 nominaciones y tres Oscars, 28 nominaciones y ocho Globos de Oro, dos Emmy… se desvela como alguien fascinante dotado de un mundo interior rico y, lo más importante, honesto.
Al final, simplemente se trata de saber a quién tenemos cerca y quién de veras importa (para valorarlo en su auténtica dimensión). A los demás ya se irá encargando el futuro de ponerlos, poco a poco, en el sitio que les corresponde. No lo duden.