“Las guerras no son la solución sino un problema”. Con esta lapidaria frase sentencia uno de los héroes protagonistas de “Aquiles, el hombre” (la función que hasta hoy se representa en el Festival de Mérida), su visión acerca de los enfrentamientos con los que los seres humanos, desde el principio de los tiempos, pretenden dominarse unos a otros. Pocas cosas les gustan más a los miembros de nuestra especie que aplastar al contrario, demostrarle que se puede más, que se tiene más razón, que se está por encima de los demás. Un absurdo objetivo que no hace sino confirmar lo poco inteligentes que somos, a pesar de lo mucho que nos creemos, buscando el sometimiento en relaciones que irían mucho mejor si se basaran en principios de libertad.
Por eso nos resulta tan difícil amar de verdad, porque no estamos preparados para aceptar el vuelo de los que nos rodean temerosos, en el fondo, de quedarnos solos. Sin embargo, pocos sentimientos más gratificantes que el de la soledad elegida y, más allá, el de comprobar que, quien de veras te quiere, siempre regresa.
Así, después de las vacaciones, volveré con ustedes, fieles seguidores de tantos años. Igual que vuelvo siempre al lado de los que me demuestran su cariño y su admiración. Los otros que intentaron robarme mi alegría quedaron atrás. Tan lejos que casi ni los veo ya. La luz del sol, que nubla mi vista, siempre vence a la oscuridad. Feliz verano…