Los tiranos y los adolescentes tienen muchas cosas en común pero sobre todo están unidos por negarse, tanto uno como el otro, a escuchar cualquier alusión personal que pueda contradecir aquello en lo que, equivocadamente, creen. Por eso ambos suelen rodearse de una corte de halagadores oficiales cuyos comentarios jamás pongan en duda cualquier decisión o comportamiento que realicen. Luego, con los años (especialmente los segundos) llega el tiempo de la madurez y, a través de ella, del arrepentimiento de cómo dicha forma de ser hizo sufrir a quienes verdaderamente les querían (y a los que no les quedó otro remedio, al ser defenestrados, de callar todo lo equivocado que veían).
Así se han manifestado personajes como Lolita o Fran Rivera en el programa “Viajando con Chester” donde, frente al incisivo Risto Mejide, han confesado errores del pasado que después le pesaron bastante más de lo que, en un primer momento, hubieran esperado. El último de esos testimonios al que he asistido ha sido el de Marta Sánchez la cual, mala estudiante y rebelde durante una pubertad bastante prolongada, provocó infinidad de enfados y malestar en un padre al que, por otro lado, adoraba y admiraba. Un progenitor al que entendió más que nunca cuando fue madre y al que nunca tuvo oportunidad ni de decirle cuánto se había equivocado ni de pedirle el perdón que ahora le pesa. Curiosas paradojas que forman parte de la vida misma.