Cuando estudié mi carrera de periodismo –porque, aunque alguna gente no lo sepa, los periodistas somos licenciados universitarios que hacemos, en función del plan que sea, cuatro o cinco años de formación-, había una asignatura que me encantaba y en la que nos enseñaban a interpretar el lenguaje corporal. Y es que, más allá de las palabras –que suelen engañar con frecuencia-, si hay algo casi imposible de manipular son las miradas, la forma de colocarnos las cuales, si sabemos observarla e interpretarla, siempre termina delatándonos. Por eso hay una frase por ahí que dice que “el amor es como el fuego, con el que ven antes el humo los que están fuera que las llamas los de dentro”.
Claro que en el caso de Donald Trump y su esposa, Melania, tampoco hay que ser muy avispado para darse cuenta que ella no le quiere. Es más, me arriesgo a afirmar que sus sentimientos son casi de repulsa hacia un marido que, encima, es una de las personas más poderosas del mundo. Menuda paradoja, ¿verdad? Llegar a lo más alto para darte cuenta que estás más solo que la una.
El otro día ella rechazó su mano al bajar un avión algo que no es la primera vez que les ocurre. Tampoco me extraña. Por poca sensibilidad que tenga esta mujer sabrá que al lado no tiene precisamente un caballero sino más bien un Sancho Panza en su ínsula de Barataria la cual, más temprano que tarde, le será arrebatada. Será el momento para que el discurso de Melania vaya en sintonía con sus gestos.