Recuerdo que hace una década, cuando se estrenó la primera edición de “Gran Hermano VIP”, fue tremendo el revuelo que se montó alrededor de la casa. Un programa aquel que contaba, entre otra gente, con Encarni Manfredi, querida amiga mía con la que tantas y tantas veces me he reído y me lo he pasado fenomenal (y a la que me encantaría ver de nuevo cuando el destino quiera).
Ahora el formato se ha recuperado y, la verdad, hoy que se cumple una semana de su estreno, he de confesar que estoy volviéndolo a seguir con gusto porque, entre otras cosas, me ayuda a desconectar de los problemas del día a día a través de las historias de unos personajes tan caricaturescos que, rozando algunos el absurdo, no pueden sino, en general, hacer gracia por las locuras que se les ocurren y su extrema forma de ver la vida.
Como Belén Esteban quien, a los dos o tres días, ya estaba llorando como una descosida por una pelea con Olvido Hormigos que, la verdad, no tenía ni pies ni cabeza. O ese Víctor Sandoval, marcado de por vida por su desgraciada relación con Nacho Polo, contando cómo puede comer un mes entero con cincuenta euros. Por no hablar del gran “fichaje” de Kiko Rivera, al que nadie se esperaba y que a saber cuánto está cobrando por su participación en este particular y “friki” universo que, incluso en las peleas y los disgustos, hace reír. ¿Existe otra razón mejor que ésa para hacerse “fan”?