Esta semana supe de una terrible noticia en relación a la hija de un compañero al que aprecio mucho y que me parece una de las mejores personas que he conocido en mi vida. Además, esta semana también ha coincidido que, en un capítulo de la serie “Mujeres desesperadas” -que estoy viendo ahora-, una de las protagonistas le preguntaba a su madre por qué no le decimos a la gente las cosas que sentimos (a lo que ésta contestaba que no hacía falta porque todo se sabe).
Y sí, es cierto que todo se sabe. Que solo hace falta mirar a los ojos para, por mucho que nos empeñemos en disimularlo, saber qué pasa al otro lado. Es cierto que con un “hasta luego” puedes estar diciendo “cuánto te quiero”. Igual que no es menos verdad que solemos hacer daño, queriendo o sin querer, a quienes menos lo merecen. Y que solemos ser más duros con alguien a quien amamos que con alguien a quien acabamos de conocer. O que somos inflexibles con pequeñeces.
Yo, entre los objetivos vitales que me he propuesto, he decidido dos cosas: quitar radicalmente de mi lado a quien no me merezca (puede doler pero trae muchas satisfacciones) y cuidar hasta el extremo a quien me acompañe en el viaje siendo siempre fiel a mi intuición y a mi corazón. Si se equivocaran, que lo dudo, habrá sido por una causa que merecía la pena. Ya el resto que haga lo que quiera pero, por uno, que no quede.
