Diez años se cumplen hoy del fallecimiento de Rocío Jurado, quien luchó por mantener unido a un clan que, incompleto, hoy se reunirá en Chipiona para rendirle su merecido homenaje
A las cinco y cuarto de la mañana del 1 de junio de 2006 se producía el adiós definitivo de Rocío Jurado. Después de una larga lucha contra un cáncer de páncreas que se le detectó dos años antes, fallecía en su casa de Madrid rodeada de una familia que, una década después, apenas es una sombra de lo que era. Ni las largas semanas que pasó en Houston ingresada, ni sus enormes ganas de vivir pudieron más que esa enfermedad que dejaba sin madre a unos hermanos que hoy están divididos, sin esposa a un viudo que sigue recordándola, sin hermana a un hermano que, desde entonces, no ha vuelto a encontrar su sitio, sin cuñada a una amiga que decidió orientar sus pasos hacia el “show” televisivo, sin tía a una cantante que aún espera su oportunidad… “Jamás debió ir a Houston. Ella confiaba en sus médicos españoles pero, tras uno de esos traslados, se complicó todo”, ha asegurado recientemente una íntima en un medio de comunicación ante una tragedia que, sea como sea, ya no tiene remedio. Así, cuando grabó su último programa, las Navidades de 2005, ella era consciente de la gravedad de la situación, si bien confiaba en salir adelante y emprender otro proyecto que Manuel Alejandro le había prometido y que seguro hubiera sido un nuevo éxito dentro de una trayectoria en la que vendió 25 millones de álbumes y para la que, aunque no pudo protagonizar “Evita” –que hizo, finalmente, Paloma San Basilio-, sí soñaba hacer algún musical con el que demostrar que lo suyo iba más allá del flamenco, y de la copla, y de la balada y de, en general, la canción ligera. No muchos saben que en los sesenta se enamoró de un torero, Curro Girón, que no le hizo caso. Y que Bambino le tiró los tejos. Igual que el mismísimo Manolo Caracol, el cual la contrató en 1964 para un espectáculo en “Los Canasteros”, espacio en el que el cantaor le confesó que le volvía loco y que tenía que ser suya. Por su parte, la de Chipiona, lejos de ceder al “rey del fandango”, le propinó un mamporro que a éste le quitaron las ganas de continuar el acoso y con el que le dejó claro que era una mujer de “rompe y rasga”. Al contrario, sí entregó su corazón a Enrique García Vernetta, joven atractivo que trabajaba en la valenciana perfumería Las Barcas y que llegó a hacerse cargo de la carrera de su novia. Parece ser que Rosario, la madre de “La más grande” –apodo que, por cierto, no le gustaba un pelo-, la terminó convenciendo de que ése era un partido que no le convenía hasta que lo dejó para aparecer en escena el galán Máximo Valverde (cuyo romance tampoco fructificó). Sería Pedro Carrasco el que incitara a la que ya era una admirada figura a pasar por el altar en 1976, dos años después de conocerse en un festival taurino. A su lado tuvo a Rocíito (nacida en la primavera de 1977) y a un bebé que la pareja perdió en 1981 y juntos estuvieron hasta 1989, fecha en la que, sin aclarar por qué, decidieron emprender rumbos diferentes. Tras un tiempo sola, en 1995 vuelve a casarse, esta vez con Ortega Cano, hombre que supo hacerla feliz y que le dio dos niños adoptados de nombre Gloria Camila y José Fernando. Una realidad idílica con una finca como “Yerbabuena”, con una ganadería propia y con muchas ilusiones que se truncaron cuando “la” Jurado cayó víctima del mencionado tumor. Hace poco se presentaba un sello con su imagen y, de su gente, al evento solo asistió su viudo y su primogénita con su futuro esposo, Fidel Albiac. Ni Amador Mohedano, que no será responsable del Museo en la localidad natal de la intérprete; ni Rosa Benito, reconvertida a solists en giras con su hija Chayo; ni Gloria, la hermana de Rocío que siempre se ha caracterizado por su templanza; ni sus nietos (la mayor no quiere ni ver a su progenitora)… Solo María Teresa Campos (con su “Bigote” Arrocet) y Terelu, quienes mantuvieron unos importantes vínculos con la que, por su buena relación con la prensa, llegó a obtener el Premio Naranja que los periodistas entregan a los personajes que más facilitan su labor. Porque Rocío Jurado se hacía querer. Tanto que hoy se la sigue teniendo tan presente, o más, que entonces. DIP.