La oferta del Festival de las Naciones a la hora de comer y beber es tan amplia que, abarcando todos los continentes, supone una oportunidad única para los paladares más aventureros
Visitar el Festival de las Naciones es siempre una sorpresa porque no solo se reinventa año tras año sino que, dentro de cada edición, la renovación es constante, intentando ofrecer a los asistentes un amplio abanico tanto de espectáculos como de puntos de venta en los que encontramos desde elementos de decoración a productos de belleza pasando por ropa y, cómo no, comida. Y es que la restauración es uno de los puntos fuertes de esta cita otoñal que acaba de inaugurarse y que, en el Prado de San Sebastián, cuenta con una carta gastronómica tan amplia y sorprendente que hasta los paladares más exigentes encontrarán aquello que más les satisfaga.

¿Qué hay para los más tradicionales? Un amplio rincón, muy transitado, donde Galicia, Asturias o Valencia están representadas, respectivamente, con delicioso pulpo a la gallega, parrilladas de rabas, mejillones o gambón o la típica paella recién hecha. Eso sin olvidar la sidra como bebida de un menú tan económico que no hay ni que pensárselo. Con una música alusiva a la cultura de cada país, un paseo –a mediodía o por la noche- por las instalaciones de este veterano evento nos permitirá viajar al norte de España, tal y como que acabamos de hablar, o, cruzando el Atlántico, a Colombia. Allí nos esperarán la papa rellena, la empanada, el patacón “pisao”, el aborrajado o el tamal, platos los cuales, con un precio medio de cinco euros, nos trasladarán durante unos instantes a tan atractiva tierra.

Es cuestión de decidirnos puesto que si seguimos avanzando llegaremos a los tacos de pollo, la quesadilla, el guacamole y la enchilada roja o verde, esto es, llegaremos a México donde no falta la cerveza coronita, el tequila o la margarita. Un fantástico y alegre ambiente junto al que se encuentra el espacio de Rusia (con especialidades como el Chebureki, una especie de empanadilla de carne, o el Kartoshka, uno de los postres soviéticos más conocidos, realizado a base de galletas o pan tostado y con adornos como crema, nuez o chocolate) o el de Venezuela (en el que dominan la carta las arepas y, cómo no, los zumos y cócteles como el de maracuyá con rones venezolanos).
Pero sin duda una de las ofertas más llamativas, por su exotismo, es la de Sudáfrica que, para los más aventureros, cuenta con montaditos de cocodrilo (a ocho euros) y de cebra (a siete) y brochetas de jabalí o de venado. Cerca, para beber, un paraíso de bebidas frutales con nombres tan seductores como “Amor prohibido” u otros más conocidos como el “Banana Split” suponen un alto en el camino para enseguida toparnos con una crepèrie francesa (dentro de la que hay un menú de crèpes salados –como El Serrano, con paleta ibérica y queso de cabra, o el Bolognesa, con ternera picada, salsa de tomate, emmental y parmesano- y dulces).

De Brasil el churrasco de pollo, el chorizo, mandioca frita con carne o el pan de queso (a dos euros la unidad); de Italia las imprescindibles y deliciosas pizzas y de Grecia la musaka o la ensalada griega. Irán nos seducirá con sus kebaks y sus durums; Gran Bretaña con su carne de buey y su tarta de zanahorias; Australia con hamburguesas y solomillo de avestruz y churrascos de canguro (seis euros) y Argentina con una parrilla en la que brillan con “luz” propia la ternera o el dulce de leche en panqueque o alfajor.
Ya en la recta final, una de las novedades es el Wok Experience, con arroz y fideos de arroz con salsa de soja y un precio medio de 5,50 euros dentro de un pequeño universo vestido con banderas alusivas al lugar que representen y camareros vestidos con la ropa típica de sus culturas. Y para muestra, el “botón” de Alemania, con sus salchichas; el americano, con divertidas propuestas como la Hamburguesa Buffalo Bill o las Costillas Obama (costillitas de cerdo en su punto crocante con patatas fritas y bacon), amén de las más populares alitas Kentucky o los Nuggets de pollo; o el peruano, donde podemos descubrir el ceviche o el ají de gallina.
Por si fuera poco, smoothies, helados, golosinas o hasta gastronomía europea a través del pastel de Belén portugués (un euro), el bizcocho belga de chocolate (dos euros), la casadella típica de Asturias o un bizcocho afrodisiaco con miel, canela y pasas entre sus ingredientes. Es solo una muy pequeña parte de lo que, a este nivel, tiene el Festival de las Naciones que, pensando en la sobremesa –o en la primera copa de la noche-, puede presumir de un edificio de dos plantas (la segunda reservada a mayores de 18 años) en la que los cócteles y combinaciones de alcohol ponen el “broche de oro” de nuestro recorrido.
Si es cierto aquello de que “nadie es sensato con el estómago vacío” tenemos al alcance de la mano la solución a muchos problemas. Diversión y buen ambiente garantizados al mejor precio. Imposible más por menos.
