Tengo una nueva amiga. Se llama Antonia San Juan y es uno de los seres humanos más fascinantes que he conocido últimamente. Hace un par de semanas pasamos dos días juntos en los que no nos pudimos reír más y durante los que de pronto volví a comprobar que tienen que estar en nuestra vida quienes nos hacen las cosas fáciles. Con Antonia, poseedora de una cabeza brillante, conversar es aprovechar el tiempo y ganar experiencias y sabiduría y entre las muchas cosas de las que hablamos estuvo el tema de los “Influencers”.
Sobre ellos me asaltan multitud de dudas como saber quiénes son, de qué depende serlo, qué obligaciones tienen sobre esos otros a los que hacen llegar sus conclusiones… Porque claro, escuchar –como me pasa a diario-, que muchos se autodenominen “influencers” teniendo un número de seguidores en redes sociales bastante discutible -y sin que sus publicaciones interesen más allá de la pequeña clá que han conseguido reunir a su alrededor- es tan ridículo, tan absurdo, tan surrealista.
Y por si fuera poco, mi nueva amiga me razonaba algo muy inteligente y que resumo así: ¿Qué tipo de sociedad es ésa que se deja influir por alguien que lo único que sabe, si lo sabe, es combinar tres o cuatro trapos y que no se preocupa ni de leer, ni de formarse, ni de tener una opinión sólida de las cosas? Precisamente la que tenemos. Una basada en superficialidades y en la que no se rasca, con toda seguridad, por miedo a descubrir lo que hay más allá de las apariencias. Triste. Muy triste.