No me considero especialmente guapo aunque, si meto todo lo que concierne a mi persona en un saco, supongo que debo ser un tipo interesante. Pero como lo que no es físico importa bastante poco hoy día, voy a ceñirme a un plano en el que sí puedo presumir de haber avanzado en positivo hasta alcanzar en la actualidad unas condiciones –las corporales, me refiero-, que, por lo que compruebo, resultan atractivas a mucha gente. Hasta tal punto esto es así que me sorprendo continuamente con proposiciones que me hacen y a las que, comparando con etapas pasadas, no solo no estoy acostumbrado sino que nunca hubiera imaginado me pasarían alguna vez. Hago esta introducción no por darme tono ni mucho menos sino porque, en el fondo, me lleva a pensar, “si a mí, a mis 40 años, me está sucediendo todo esto, ¿cómo será estar en la piel de personajes como, por ejemplo, David Beckham o Ricky Martin?”. Imagino que el futbolista -nombrado oficialmente “el hombre más sexy del mundo”- y el cantante –otro cuarentañero deseado en todo el planeta-, estarán de continuo flotando en una nube entre piropos e insinuaciones de los que son millones de admiradores reclamando su atención. Eso, o deben tener la cabeza excelentemente amueblada para evitar que su belleza se convierta en su enemiga. Dejarse llevar por la alabanza fácil es tan inmaduro y tan absurdo como creer que esa hermosura durará para siempre. Una lección para aprender pronto si no queremos un descalabro grande.