La llegada de las redes sociales ha causado un cisma en lo que a las relaciones humanas se refiere, haciendo un gran daño a la hora de, sobre todo, cortar mucho de lo que al contacto personal se refiere (por convertir la realidad virtual, para la mayoría de sus usuarios, en una realidad “real” que, si bien es falsa, muchos la entienden como auténtica). No son pocas las veces que he escuchado aquello de “mis amigos de Facebook” o “mis amigos de Instagram” o las que he visto cómo hay quien prefiere el contacto con gente a través de internet antes que mirarte cara a cara y decirte aquello que tengan que decir.
Claro que hablar sin la presencia física salva de muchos compromisos porque lo otro tiene el mayor de los “peligros”: la mirada no engaña. Yo, que he visto tantos ojos con un mensaje y tantas bocas diciendo todo lo contrario, me niego a confiar en estas plataformas cibernéticas como la nueva religión del pueblo (es decir, como el nuevo “opio” de la sociedad) y prefiero consagrarme a lo que auténtico, por muy doloroso que resulte.
Así que, cuando veo a Alba Carrillo poniendo mensajes con indirectas para Feliciano López (como la foto con el libro “Historia de un canalla” que ha subido hace pocos días) no puedo sino sentir pena al comprobar que vivimos entre cobardes que se esconden detrás de las invisibles armaduras de las mentiras virtuales. La piel ha pasado a la historia. Ganó la batalla el “Photoshop”.