Supongo que se habrán dado cuenta de que el ser humano es muy “peliculero” y que, como tiene que estar entretenido, cada cierto tiempo le da por una cosa. Así, cuando no es un personaje, son unas prendas concretas en el vestir o, por ejemplo, un estilo musical volcando nuestra atención, en función de eso que venimos a englobar dentro del concepto de “moda”, en asuntos alrededor de los que hacemos girar gran parte de nuestro día a día del momento. Ahora, sin ir más lejos, llevamos una temporadita donde, en Andalucía, muchas son las propuestas artísticas que tienen que ver con la canción española a raíz del éxito del programa de Canal Sur, “Se llama copla”.
El problema, como pasa en estos casos, es cuando la “gallina de los huevos de oro” quiere explotarse demasiado, llegándose a un punto en el que la historia no da más de sí. Un límite que parece se ha alcanzado cuando, al echar un vistazo a la cartelera de espectáculos, descubrimos que gran parte de ellos no solo no llenan las butacas de los espacios en los que se programan sino que, lo que es peor, ni siquiera cumplen unos mínimos requisitos de calidad dejando a los espectadores agridulcemente sorprendidos ante puestas en escena con “playbacks” casi de verbena de barrio.
Y, sin señalar a nadie con el dedo, hay copla desde todos los martes en el Teatro Quintero a durante una semana (a finales de mes) en el Lope de Vega con nombres como Joana Jiménez, Erika Leiva, Antonio Cortés o Patricia Vela. Eso por no hablar de las galas que se celebran en los pueblos –en las que pueden verse ciertos montajes bastante cuestionables- o hasta la iniciativa de la casa de discos Senador introduciendo el género en Madrid a través de una idea llamada “De Sevilla a Madrid” que volverá al Nuevo Apolo de la capital el 8 de abril.
¿Qué sucede? Que, igual que con concursos como “Operación Triunfo”, “La voz” o “El número 1”, el mercado se ha sobresaturado de figuras, en este caso copleras, las cuales, temporada tras temporada, han ido saliendo del mencionado espacio presentado por Eva González y, luchando todos ellos por hacerse un nombre, se ha dejado al respetable sin capacidad para asumir más ni en lo económico –a la hora de acudir a las presentaciones en directo de estos intérpretes (porque discos del estilo apenas se lanzan)-, ni tampoco en lo que a seguimiento se refiere (confundiéndose ya unos con otros). Si a esto le añadimos que el repertorio es siempre el mismo (y su renovación, nula), la solución del problema se torna muy, pero que muy complicada.
Los volcanes van avisando con antelación de que la erupción está cerca y, cuando el Vesubio arrasó con Pompeya, era otra época. ¿O somos aquel mismo perro pero con distinto collar?