Dice mi amiga la doctora Carmen Danta, de la Clínica Marest, que me ha cambiado el cuerpo. Y, cada vez que me ve, mi también amiga Pepa me reconoce que siente envidia de que, por semanas, vaya a mejor y que, poco a poco, el triángulo de espalda-cintura sea una realidad. A mí aún me falta para reconocer en el espejo todas esas transformaciones pero, sea como sea, estoy muy orgulloso de mi trabajo.
Lo que no tengo intención es de retocarme por Photoshop. Ni la cara ni, sobre todo, la silueta, con lo que estoy bastante en sintonía con las denuncias que ha hecho Inma Cuesta en las redes sociales criticando unas fotografías para un semanario donde le han recortado tanto de todos lados que no parece ni ella misma. Yo sé lo que es no estar conforme con tu físico y sé lo que cuesta mentalmente llegar al punto en el que me voy encontrando con lo que entiendo que, si a ella le pasa igual, uno quiere ser como es y no como otros pretenden pues, en este caso, el problema lo tienen estos últimos, no tú.
Que estaría bien ser más alto, más musculado y más joven, puede ser. Pero ésa no es la solución. La clave está en convertirte en la mejor versión de ti mismo. Así no habrá “enemigo” que pueda destruirte. Es como el anuncio ése en el que, frente al espejo, una envidiosa cuestiona el espléndido aspecto de su compañera de baño mientras ésta se sonríe y piensa: “Boba, ¿no te das cuenta de que estoy a años luz de ti?”. Pues eso.