A Lolita Flores le dieron hace algunos años un Goya por la interpretación que hizo de una muy buena película titulada “Rencor” en la que se narraban las consecuencias nefastas que tiene, con el tiempo, ese sentimiento. Yo doy gracias a Dios porque, entre los muchos defectos en los que me reconozco, ése precisamente no está y, por eso mismo, puedo mirar a los ojos de quien sea sin miedo a que, aunque me haya sufrido una faena suya, surja en mí tan desagradable desasosiego.
Sin embargo, hay muchas personas a las que les resulta imposible solucionar ese conflicto que, en el fondo, es un problema con uno mismo. Un fenómeno que se pone más de manifiesto aún en las familias puesto que, mientras que del resto de gente podemos o solemos prescindir en caso de necesidad, los familiares suelen estar ahí, para bien o para mal, por siempre. De ello han hablado películas como “Agosto”, en la que Meryl Streep volvió a realizar una interpretación magistral –junto a la también estupenda Julia Roberts-, o funciones como “El nombre” que, hasta hoy, se representa en el Lope de Vega.
Ahí Amparo Larrañaga –pese a que el elenco es bastante coral-, vuelve a demostrar que es una de nuestras “grandes” y, en lo concerniente a su papel, que, paradójicamente, solemos terminar aceptando como válido que, quien tenemos al lado, sea quien menos nos valore (no sin la correspondiente dosis del citado rencor). Una triste conclusión que vuelve a la mayoría de la gente desgraciada pero ante la que siempre estamos a tiempo de rectificar.
