La pasión es eso que sucede cuando dos se miran a los ojos y saltan chispas. Es ese roce en la piel que, sin esperarlo, casi eriza el vello. Esa fuerza que surge cuando se mueven las energías alrededor y descubrimos que, perdiendo el control sobre nosotros mismos, existe algo que puede más y ante lo que solo podemos dejarnos llevar (porque la otra opción, resistirse, tiene consecuencias mucho más tristes y descorazonadoras). Hay quien la atribuye a una simple y fugaz atracción física y quien, como es mi caso, la encuentra a través del intelecto el cual, poco a poco, hace que el resto de los elementos que componen otros seres humanos se vuelvan irresistibles y únicos ante una mirada curiosa por querer saber más y más de quien ha despertado esos sentimientos.
Me gusta la gente arriesgada y que es capaz de experimentar y desencadenar grandes pasiones. Como Ruth Lorenzo a la que, esta misma semana, he tenido oportunidad de conocer y disfrutar durante una editorial de fotos que me ha descubierto a una mujer con las ideas tan claras que, desde pequeña, supo que el destino sería ése que había decidido marcarse: cantar. Y buscando ese objetivo, la que ha sido nuestra última representante en Eurovisión, no ha tenido inconveniente en luchar contracorriente y vencer a todos y cada uno de los inconvenientes que se ha ido encontrando en el camino sabiendo que, tarde o temprano, lograría su meta.
Trabajó con diez años ilegalmente en una hamburguesería en Estados Unidos; salió de gira siendo una adolescente llegando a lavar su pelo detrás de un escenario y con una manguera prestada; tuvo que abandonar sus clases de música porque no tenía dinero con el que pagarlas y hasta llegó a pasar hambre. Sin embargo, y según sus propias palabras, “no hay que avergonzarse de ello sino aprender”. Una sabia conclusión a la que solo puede llegar quien ha tocado realmente fondo, quien ha descendido tanto que, en el siguiente impulso, solo puede morir… o empezar a subir.
Inmersa en los preparativos del que será su primer disco, “Planeta azul”, esta artista de la localidad murciana de Las Torres de Cotillas derrocha ganas por los poros de su piel y, apoyada precisamente en ese mismo deseo de triunfar, lo mismo interpreta que compone o toca el piano sin haber pasado por ninguna escuela. Un talento arrollador que posee en paralelo a una personalidad magnética pero respetuosa. Porque, aunque algunos lo confundan, la pasión no tiene por qué estar reñida con la educación (de hecho, recuerden a los grandes personajes de la historia y verán cómo, la mayoría de ellos, consumían grandes placeres sin renunciar a lo selecto).
Ser valiente no es carecer de miedo sino, con precaución, saber enfrentar éste y salir adelante. Dando pasos así no hay nada que temer. La vida sabrá recompensarnos.