El otro día estuvo la reina Sofía en Córdoba y, entre las muchas personas que saludó en sus visitas, estaban mis padres. Después, cuando vi las fotos que me mandaron –en las que coincidieron, además, con la presidenta de la Junta, Susana Díaz, también presente-, sentí algo un poco difícil de explicar. Era como una mezcla de orgullo y extrañeza, como algo satisfactorio que no te terminas de creer pero que es tan real como las imágenes en las que, mi padre sobre todo, está hablando como si tal cosa con nuestra monarca.
Pero, sobre todo, lo que he pensado –y pienso-, es en lo sola que debe haberse encontrado doña Sofía durante tantos años compareciendo con un señor, su marido, del que luego se han sabido cosas como que, según han publicado compañeros de profesión cercanos a la familia real, no solo no ha dejado de tener amantes durante su matrimonio sino que, más allá, a su mujer casi ni la soportaba. Un poco lo que venía a decir Antonia San Juan en su famoso monólogo de la madre de Mari, casada con uno al que ni habla pero a quien, por esos vínculos indisolubles de antes, está unida de por vida.
Ahora más que nunca he aprendido que no se puede regalar tu presencia a quien no la valora, entregar tu lealtad y amar a alguien que no merece la pena. Es gente que, al final, termina quedándose sola, participando en cacerías de animales o personas para contar victorias que le permitan olvidar el que es su mayor fracaso: no saber querer a nadie.