Para quienes creen en cuestiones espirituales, el planteamiento con el que hoy comienzo estas líneas puede resultar sencillamente apasionante. Porque, igual que en el plano físico tenemos una edad, en lo que va más allá de nuestro entendimiento también existen diferentes etapas que hacen que nuestra alma pueda ser joven (aquellos que piensan que el mundo es su “concha” y que ganarán todas las apuestas que se planteen) o vieja (enfocadas en la búsqueda de la verdad, sobre la que tienen un gran conocimiento). Y así, en función del nivel en el que nos encontremos (existen muchos más de los que he mencionado –y que, si están interesados, pueden conocer investigando un poco por internet-) al coincidir en el camino de la vida con según quién podemos tener la sensación de que, los lazos que nos unen a esa persona, son tan fuertes que escapa al razonamiento encontrar una explicación lógica de dicha unión.
Precisamente en la serie “Luz de luna” –que a finales de los 80 popularizaron los actores Bruce Willis y Cybill Shepherd (y que estoy volviendo a ver estos días gracias a un maravilloso regalo de cumpleaños que me hicieron)- el magnetismo que describe a sus protagonistas es explicado en uno de los capítulos como algo que entre ellos viene de antiguo y que, sin saber de qué forma gestionarlo, se materializa en un miedo atroz a perderse mutuamente (de ahí que se nieguen de continuo el amor que se tienen). Una situación que, en la realidad, bien nos podría remitir a tantos y tantos casos conocidos por todos como, por ejemplo, el de Elizabeth Taylor y Richard Burton, Vivien Leigh y Laurence Olivier o, volviendo a la ficción, el de Kathie y esos enamorados de juventud que describe Vargas Llosa en “Kathie y el hipopótamo” (que, por cierto, se ha representado en muy pocas ocasiones).
Una nueva oportunidad ésta para disfrutar del talento de una mujer como Ana Belén la cual, a sus 63 años, puede presumir de un físico privilegiado pero, sobre todo, de una grandeza como artista que, en esta función, desarrolla a muchos niveles. Y así, cantando éxitos franceses como “Ne me quitte pas”, la madrileña recrea en el Teatro Lope de Vega a una señora que, habiendo vivido entre mentiras, encuentra la verdad (del corazón, me refiero) a través de la escritura. “No se ha tocado nada de cara. Lo que hay es lo que ves”, me comenta alguien cercano a la actriz en referencia a la plenitud de un rostro donde, en la historia que tiene entre manos, se reflejan todas las emociones. Y así, desde el éxito al fracaso, desde la inocencia a la amargura, transcurre el argumento de una anécdota que le pasó al autor, pero que, en la esencia, podría sucedernos a cualquiera de nosotros. Ya saben. Quien esté libre de alma, que tire la primera piedra.