Esta semana, el jueves a las diez y media de la mañana concretamente, el príncipe Felipe será proclamado rey de España en el Congreso. Un acto al que no asistirán ni su padre, ni su hermana, la infanta Cristina, aunque sí su madre, la reina Sofía, la cual será sucedida en el trono por una mujer tan controvertida como Letizia Ortiz. Alguien que, desde que se convirtió en novia de su marido, ha sido analizada hasta la saciedad hasta tal punto que creo que no queda nada en su persona sobre lo que se pueda opinar.
Y así, se ha hablado de su ropa, de su físico, de su comportamiento, de su relación con los integrantes de su familia política, de su carácter, de su pasado, de su presente y de su futuro. Letizia ha sido diseccionada por la mirada pública con esmero casi detectivesco porque ella misma proyecta una inseguridad que propicia eso con lo que se encuentra. Es decir que, en gran medida, sus propios complejos y recelos hacia su persona y su papel son los que generan el que, al final, por muchas operaciones estéticas a las que se haya sometido, por muchos expertos a los que consulte, por muchos consejos que reciba –según dicen que pasa- de su suegra, el resultado no satisfaga al que, a partir de ahora, será “su” pueblo.

Sin embargo, si echamos un vistazo a otras que estuvieron presentes en la vida de don Felipe de Borbón, descubriremos que, ésas que también pudieron ser monarcas de nuestro país, tendrían otras carencias pero no resultaban tan poco cercanas como la periodista. Y así, Isabel Sartorius, por empezar por alguna, hubiera destacado por su carácter inestable pero, en el fondo, nos habría conquistado con una simpatía natural bajo la que solucionaría cualquier conflicto de protocolo tal vez sorprendiéndonos pero nunca molestando por adustez. En cuanto a Eva Sannun –la que más papeletas tuvo para casarse con el inminente Felipe VI-, su exquisita educación noruega le hubiera impedido sacar los pies del tiesto y, tarde o temprano, también se habría ganado a la gente ya que, la bondad, siempre enamora. No puedo dejarme atrás a la condesa Carolina de Waldburg, con quien nunca se confirmó noviazgo alguno pero que, por su origen noble, se hubiera movido “como pez en el agua”, a la hora de ejercer unas responsabilidades que son bastante más complejas de lo que desde fuera parece.
Tres rubias que fueron sucedidas por una “castaña” como la mencionada Letizia Ortiz la cual, una década después de su boda, sigue sin ser recibida por la población con el cariño que sería deseable. ¿Por qué? ¿Qué falla? No lo sé con exactitud pero lo que sí tengo claro es que la mayoría –por no decir todos- coincidimos en la sensación agridulce que nos causa y que, por mucho que a ella le pese, no puede ser un error. “Cuando todo el mundo se equivoca”, afirmaba el poeta francés Pierre de la Chausée, “todo el mundo tiene la razón”.