Una de mis canciones favoritas –sobre todo en la versión que hizo la genial Shirley Bassey- es “Fly me to the moon” en la que se dicen cosas tan bucólicas como “déjame jugar entre las estrellas” aludiendo a la posibilidad de, por amor, ascender al cielo gracias a unas invisibles alas para tu corazón que te conduzcan en dirección a la luna. Una fantasía que siempre ha acariciado el ser humano (la de viajar a la luna) y que ya es una realidad, eso sí, si se tienen cincuenta millones de dólares.
Eso es lo que me enteré el otro día que ha pagado una de mis cantantes más admiradas, Sarah Brightman, para convertirse en la octava turista espacial que, en octubre, pasará diez días en el astro que más ha inspirado a escritores, sabios y músicos desde los orígenes de la humanidad. Ella, que incluso tituló a su disco del 2000 con el nombre de este planeta, “La luna”, tendrá la oportunidad de caminar por ese suelo que ya pisaran otros históricos como Neil Amstrong el 21 de julio de 1969 y, quién sabe, si deleitar al universo con un aria con su privilegiada voz.
Una pequeña odisea para la que la soprano se está preparando física e intelectualmente también ya que, entre otros conocimientos, debe adquirir nociones de ruso (pues desde ese país partirá el cohete Soyuz en el que realizará su expedición). Envidia sana desde aquí hacia la que es diva hasta para plantearse unas vacaciones. ¡Ay! Si yo pudiera…