He conocido muchas personas convencidas en que, por no verbalizar lo que piensen y sienten, dichos pensamientos y sentimientos no se notan (o incluso no existen). Un buen escudo autoprotector el del silencio si quien tienes enfrente no mira a los ojos puesto que, en cuanto mantienes la mirada con otro, todo lo que se lleva dentro, aflora. Y así uno puede notar desde el amor al deseo, desde el rencor al perdón, desde la admiración al rechazo o al miedo solo con profundizar en eso que, en general, todos conocen como el alma.
Lógico es que, igual que los cangrejos tienen su concha para resguardarse, cada uno busque sus trucos para evitar ir a corazón descubierto y que, como suele pasar cuando uno es de interior sensible, el resto se aproveche de nuestra inocencia o nuestra bondad. El peligro es cuando la mucha o poca sensibilidad que albergábamos empieza a endurecerse y se transforma en energía negativa para los demás y, sobre todo, para nosotros mismos.
Por eso, cuando en “The hole 2” (hasta el domingo que viene en el Lope de Vega), el soberbio Alex O´Dogherty avisa de que “las cosas que no se dicen se pudren” y “los besos que no se dan se olvidan para siempre” uno no puede sino, al menos, pararse un instante a reflexionar con quién se ha sido tacaño a la hora de encerrar los afectos.
Una función muy recomendable ésta que refiero y de la que uno sale con ideas tan claras como que, la vida con tantos miedos, es menos vida.
