Hay varias cosas sin las que España no sería la misma. Tradiciones navideñas como el programa de Raphael de Nochebuena o Anne Igartiburu dando las campanadas de Nochevieja (ya el summum era cuando tenía como pareja a Ramón García). O, en verano, el posado de Ana Obregón el cual, durante más de tres décadas ya, es la imagen más esperada cada vez que comienza la temporada estival.
Fue en 1985, como esta semana ha recordado ella misma en su Instagram, cuando la vimos por vez primera en bañador -en la portada de la revista “Diez Minutos”-, dando la bienvenida a la época que mejor representa a la actriz. Los meses del sol, del calor, de la alegría, de la vitalidad… ¡de la juventud! Porque si algo es Anita es una mujer joven. Tenga los años que tenga (según Wikipedia, 62). Su actitud, su sonrisa eterna, sus ganas de seguir, de luchar, de disfrutar, son admirables y deberían ser un ejemplo para muchos que, con menos de la mitad, van cansados por ahí.
Dice Nacha Guevara que la juventud es un estado al que le ha costado llegar toda la vida y yo me subo a ese mismo carro en el que el paso del tiempo, antes que ser un enemigo, es un aliado. En sabiduría, por un lado, y en pérdida de complejos y de ataduras, sobre todo. Durante la adolescencia hay una mezcla de arrojo y temores. Nos tiramos a la piscina sin agua pero todo nos asusta. La madurez nos trae la serenidad y, desde ahí, la capacidad de relativizar todo y a todos. Por eso “la” Obregón está cada día más guapa. El equilibrio entre lo de dentro y lo de fuera, se nota. Para ella nunca existirá “posado de invierno”.
