El viernes pasado asistí al maravilloso concierto que Martirio ofreció en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo dentro del ciclo POP CAAC 2016 y como parte de la gira con la que la cantante celebra sus treinta años sobre los escenarios. Maribel, como siempre, derrochó talento, inteligencia y sentido del humor durante un tiempo en el que no faltó la revisión a clásicos de su repertorio como “Estoy mala”, “Madurito interesante” o, ya en el cierre, sus “Sevillanas de los bloques”.
Responsable de fusiones tan interesantes como las de la copla con el jazz (que luego han rescatado otros como Miguel Poveda), Martirio es de esas figuras que la industria no puede encasillar en un género concreto y que, al no poder llevar una de esas “etiquetas” que tanto nos gustan en este país, vuela a su aire en el universo del arte (con todo lo bueno, y lo malo, que eso conlleva). Y es que, aunque la de la peineta y las gafas de sol sea capaz de convertir en sublime cualquier lugar en el que actúe, por modesto que sea, tres décadas de buen hacer, de seriedad, de lucha, de demostrar que todavía se pueden dar pasos más allá de los que nos llevan a lo de siempre, merecerían, por parte de la administración sobre todo (que es la que, al final, termina haciendo las programaciones de las salas y teatros oficiales), un cumpleaños en otro aforo con más boato, como poco.
Hago una llamada, por todo esto y mucho más, a que esta onomástica no pase tan desapercibida en Sevilla, ciudad donde, en los ochenta, nació este iconoclasta personaje y a que, quien tenga que hacerlo, se ponga las pilas en este sentido puesto que, aunque la gloria del público y la crítica ya lo tenga, Martirio merece algo más que, aunque sea por una rara vez, no nos haga sentir vergüenza del trato que los políticos dan a quienes de veras erigen banderas de libertad.