A Encarna Sánchez muchos la critican porque dicen que era una mujer malvada que no dejaba títere con cabeza, insultando hasta el extremo a todo el que se le metía entre ceja y ceja. Yo no lo sé porque no la conocí pero, por lo que le escuché (y le he escuchado, sobre todo, en las grabaciones suyas que circulan por internet), puede ser que fuera así. Igual que podría tratarse de una señora cansada de muchas cosas que, al verse con poder, lo aprovechara para contar cuatro “verdades del barquero” las cuales, como tales, no suelen ser agradables de escuchar (y menos si uno es objeto directo de las mismas).
Una mítica locutora, en cualquier caso, que me ha venido a la cabeza pensando en un capullo, lo siento pero no tiene otro nombre, que hace poco me acusaba a mí de ser un acomplejado porque había cambiado y mejorado mi físico. Debe ser, según este tipejo, que cuidarse es malo, con lo que no quiero ni imaginar -siguiendo el mismo razonamiento-, lo que pensará de María Teresa Fernández de la Vega después de pasar por las manos del que la ha dejado que parece otra.
A sus 67 años, la que fuera vicepresidenta en el Gobierno de Zapatero ha reaparecido esta semana en el programa de Susanna Griso dejando a los espectadores sin respiración. Nada que ver con la que era, la política ha decidido convertirse en la mejor versión de ella misma. Lo que piensen bobos como ése del que les hablaba, no tiene valor. A palabras necias…
