He conocido a personas tan enamoradas del amor que son incapaces de ver, dentro de su mundo ideal, que la realidad dista bastante de esa fantasía romántica de que una relación como un cuento de hadas. Es más, esta gente es tan cabezota y se autoengaña tanto que es capaz de aguantar lo que sea (sufrimientos, engaños, malos quereres en definitiva) con tal de, por ejemplo, estar con alguien toda la vida (la recompensa más sublime para un alma de estas características). Para ellos es tan atractivo lo de envejecer al lado de una persona que, les trate bien o les trate como a un perro, ahí estarán para demostrarse (y demostrar) que su fin justificaba todo. A mí, por el contrario, no me importa que una unión no se prolongue tanto en el tiempo mientras sea algo en lo que reinen buenos valores como la admiración y el respeto, que se sepan ver mis defectos pero que, por encima de ellos, se me ame y que, cuando ya no sea así, nos digamos adiós desde la paz y la armonía.
Todo lo que no está ocurriendo entre Brad Pitt y Angelina Jolie que, de ser la “pareja perfecta” han pasado a tirarse los tratos a la cabeza y acusarse de, como le ha pasado a ella con él, “violento” y “alcohólico”. Lamentable, triste, patético que lleguemos a esos extremos y destrocemos el recuerdo de algo que fue bonito de esa manera, empleando argumentos que, además, no debieran pasar las puertas de un hogar. Detrás de ellas solo los dos que han compartido esa casa saben de veras lo sucedido. Haya sido, o no, color de “rosa”.