El caso de Isabel Pantoja ha vuelto a ponerla (como siempre ha estado, en realidad), en el punto de mira no solo ya de los programas de contenido social y de las revistas “del corazón” sino incluso de los espacios informativos que, cada día, nos cuentan las noticias que marcan la actualidad. Y es que lo suyo, por la gran acción judicial que supone –Marbella, corrupción y todo lo demás que ustedes saben-, traspasa las barreras de los medios de comunicación. Pendiente de poder reunir ese millón de euros que se le piden para evitar ir a prisión –y que, según dicen, ha intentado recaudar entre sus “amigos”-, la artista supone un ejemplo público de muchas cosas que, en la vida, no hay que hacer (cuestiones que, de haberlas evitado, hubieran ayudado a que su futuro hubiera sido muy diferente de lo que es hoy su presente).
Así, “la” Pantoja, para empezar, ha sido desde siempre poco inteligente en la elección del círculo, en general, que la ha rodeado. O si no, ¿cómo no se lo pensó dos veces antes de favorecer su relación con la “todopoderosa” Encarna Sánchez (de la índole que fuera)? ¿Por qué ha mantenido a su lado una representante como María Navarro, que tan poco favor le ha hecho con la antipatía que ha derrochado? Y si hablamos de Julián Muñoz, ¿a cuenta de qué presumir y darle cancha a un señor que solo hace falta verlo para sacar ciertas deducciones no muy favorables hacia él? (y evitando que parezca que es una opinión mía, analícenlo ustedes y deduzcan qué les sugiere el personaje).
Sin embargo, lo peor que para mí tiene Isabel es la enorme soberbia que transmite. Sea o no así en el tú a tú, la artista da la sensación constante de estar haciendo favor con su mera presencia algo que, teniendo en cuenta sus desgraciadas circunstancias, está de más (solo basta recordar el desacertado “dientes, dientes…”). Incapaz de empatizar con los periodistas (los cuales, le guste más o menos, llevamos a la sociedad lo que sucede), su actitud distante y altanera –lenguaje verbal que también posee su significado- no le hace ningún favor (máxime teniendo en cuenta de que, lo que tiene entre manos en concreto, es un caso de incumplimiento de leyes que ella misma se ha encargado de quebrar).
El único camino al que conduce la terquedad y el empecinamiento ciego es a la autodestrucción. No saber rectificar conductas e ir contra el mundo trae finales tan desgraciados como el que parece aguardar a la sevillana. Y que conste que quedan capítulos por escribir por lo que, estoy convencido, aún nos aguardan sorpresas que llevarnos. Ahora, igualmente tengo claro que la autora de esta folletinesca historia no tiene intención alguna de modificar el estilo. Una lástima que los errores cometidos no reviertan en crecimiento personal.