Odio visceralmente las mentiras. Además tengo la facultad de que, en general, las pillo rápido con lo que, a cualquiera que intenta “colármela”, tarde o temprano lo descubro. Esta “cualidad” me ha traído no pocos problemas puesto que, en general, la gente miente mucho (o mentimos mucho, para incluirme en un lote donde, aunque no me agrade en absoluto, tarde o temprano todos terminamos entrando bien con grandes farsas, bien con pequeños embustes que nos pueden salvar de situaciones en cierto momento embarazosas).
Luego están quienes convierten la mentira en un arte en torno al que articulan su propia vida, creyéndose lo que en su cabeza se “montan” porque prefieren eso a enfrentarse a la dura realidad. Y uno, que ya peina canas, ha visto tantos individuos así que empiezas a venir de vuelta y a no creerte todo lo que te cuentan si, sobre todo, viene de personajes como Aramis Fuster. La que fuera una de las brujas más populares de España, gozando del favor del público por su carisma y ese frikismo gracioso que desprendía, parece ser que se encuentra tirada, sin un euro, sin casa y apartada de su familia y de esos medios de comunicación a los que parece un poco adicta.
Sus monumentales enfados y salidas de tono, sus excesivos estilismos, sus “idas de olla” han dado paso a una imagen triste y patética de una mendiga que, en la calle, no sabe qué será de ella. ¿Será cierto o una nueva estrategia de la gallega para volver a primera línea de la actualidad?