Me encanta la gente valiente. Ésa que hace su vida sin dañar a nadie pero yendo a lo suyo. Que no tiene que contentar ni a su madre, ni a su pareja, ni a nadie a cada rato. Que sabe lo que quiere y no se autolimita en cuestión de sexo, de edad o de otras nimiedades. Solo por cumplir con esto ya me resulta fascinante el personaje de Isabel Preysler quien, añadiendo a todo lo anterior la elegancia, ha sabido ir dando pasos con los que, poco a poco, se ha ido convirtiendo en una persona muy sabia. Y a las pruebas me remito.
Después de Julio Iglesias y el marqués de Griñón llegó Miguel Boyer que, según cuentan, tenía una de las cabezas más privilegiadas de los políticos de su momento. Un listón muy alto tras el que “la” Preysler lo tenía emocionalmente muy difícil hasta que, atención, puso su mirada nada más y nada menos que en Mario Vargas Llosa, uno de los mayores genios de la literatura actual. Ni los quince años de más que separan al escritor de su novia, ni los dimes y diretes de la sociedad, ni los hijos, ni los nietos (porque ambos son abuelos), ni los ex, ni nada de nada ha logrado frenar esta relación para la que Isabel acaba de confesar que piensa en una boda que no me cabe duda que logrará. Porque esta mujer es muy oriental no solo en su origen y aspecto sino, sobre todo, en su filosofía consciente de que, en el camino más difícil, nunca tendrá competencia.