…parece a veces la amistad… Pero jamás puede con él la más violenta tempestad…”. Así dice la letra de una de las más bonitas canciones que jamás se han escrito sobre ese sentimiento inexplicable que, sin saber cuándo, ni cómo, ni por qué, aparece cuando encontramos en la vida el complemento tan esencial para el alma que son los amigos. Gente tan especial para mí como mi querida Pepa, la mejor confidente, la más fiel, la más ingeniosa, inteligente y sensible mujer que he conocido. Un ser humano tan fascinante que, sinceramente, siempre serían pocas las líneas que dedicase a describirla. A ella tengo que agradecerle mucho (lo más de todo, su fidelidad y su bondad) pero, esta semana en concreto, le debo haber podido asistir al concierto que, el jueves por la noche, ofreció Alberto Cortez en el Alfonso XIII.
Allí, en el que es uno de los hoteles más prestigiosos de nuestra ciudad, arrancó un ciclo que se ha venido a llamar “Música y Emoción” y con el que, según parece, se pretende traer a intérpretes destacados para ofrecer recitales íntimos en puntos emblemáticos y bellos de Sevilla. Una buena idea, en principio, a la cual, visto el precio de las entradas –las nuestras costaban 102’50 euros-, aún le queda una vuelta de tuerca que darle puesto que, aunque el artista merezca todo y más, por ese dinero creo que la organización podría haber incluido, por decir algo, al menos una copita de champán para los asistentes (teniendo en cuenta que el Salón Real del edificio se había acondicionado solo con unas sillas y una iluminación bastante básica).
Comentario constructivo aparte, el reencuentro con el argentino fue uno de esos placeres que no se olvidan fácilmente a pesar de que, tal y como él mismo contó tras ser ayudado por dos chicos para entrar y sentarse en la silla que se le había preparado, había sufrido una reciente fractura de cadera que le impedía moverse con soltura.
Lo que pasa que, ante un talento tan grande, ¿qué más da que se hayan perdido algunas dotes? ¿Qué importa si el físico no es lo que era cuando lo que se aporta es tanto? ¿Qué bobo dejaría de valorar a un sabio de las emociones de tal calibre, sobre todo, en un presente en el que la mayoría de la gente habla del amor sin saber, ni de lejos, qué es ni qué supone este sentimiento? Claro que, para eso, hay que haber vivido, haber viajado y observado, haber querido aprender de las lecciones del destino igual que le ha sucedido a este genio creador, por ejemplo, de títulos como “Castillos en el aire”, “Te llegará una rosa”, “La vejez” o “A partir de mañana”, himno que debería ser para todos de aprendizaje obligado.
No me cabe duda de que no solemos valorar las cosas de verdad (y la amistad lo es), hasta que no las perdemos. La pena es que a veces lleguemos a todas estas conclusiones… demasiado tarde.