La “Starlite” recibió el jueves pasado a uno de los artistas más premiados y queridos del mundo, impecable a sus 70 años en su puesta en escena
Acaba como quien dice de empezar y el festival “Starlite” de Marbella ya ha dado el “campanazo”, el pasado jueves 20 por la noche, con una “star” como Elton John. El artista, que despedía su gira por España con el espectáculo “Wonderful crazy night”, tiñó de rosa la cantera de Nagüeles y no precisamente por ser “gay” puesto que, a la hora de tocar, cantar y hablar, su forma de presentarse ante el público no puede ser más masculina. Es decir que, aunque llevara una levita con lentejuelas, una camisa y zapatos fucsias, y el entorno proyectara luces rosadas, su sonido y su estilo traspasa colectivos sexuales y diversas generaciones con una calidad que no hace sino confirmar por qué es una de las figuras del mundo del espectáculo más universales de la actualidad.
Y eso que son 70 los que cumplió el pasado mes de marzo, edad que solo se le evidenciaba un poco en su forma de andar pero que, actuando, desaparecía. Su voz, impecable, su virtuosismo al piano, la fuerza que demostró durante sus dos horas de entrega, impedían que sobre el escenario solo se viera un mito, atemporal y mágico, que se notaba que estaba a gusto. Reivindicador de la paz y del amor, Elton desgranó algunos de los éxitos más populares de su repertorio. Temas como “I want love”, “Cocodrile rock” o “Rocket man” lo fueron llevando con igual comodidad entre el rock y el pop ante un auditorio entregado que había pagado entre 180 y 1.300 euros por sus entradas.
Posiblemente el “caché” más alto de esta edición de “Starlite” y uno de los puntos más álgidos de un cartel en el que, hasta el 26 de agosto, no faltarán otros internacionales como Eros Ramazzotti (10 agosto), Andrea Boccelli (15 agosto) o Carlos Vives (el lunes que viene, 31 de julio), además de rostros de nuestra tierra como Miguel Bosé (4 agosto), Ana Torroja (9 agosto), o nuestro paisano, El Arrebato (19 agosto).
Acompañado por cinco músicos bastante veteranos –y vestidos, como el batería en traje de chaqueta- con sus mejores galas, el protagonista de la velada relatada dedicó dos melodías con nombre propio a dos grandes amigos, ya desaparecidos: “Don´t let the sun go down on me”, a George Michael, y la popular “Candle in the wind” a la siempre recordada Diana de Gales. Sea como sea, el tono genérico del montaje fue álgido, alegre, vibrante. Sin apenas lugar para la nostalgia y, desde luego, si espacio para la pena.
Porque estar vivo es una celebración. Porque después de varias décadas triunfando, de haber vendido millones y millones de discos, de amasar una de las fortunas más importantes del “show business”, poder seguir presentándose ante la gente sigue siendo, a día de hoy, un regalo para este hombre pequeño en altura pero inconmensurable en talento. Alguien capaz de conquistar, seducir y enamorar con su sonido cualquier oído que le preste la más mínima atención.
No le hacen falta grandes escenografías, ni efectos, ni pantallas, ni iluminaciones efectistas. A los genios, con su mera presencia, les basta… y les sobra.


