Yo sé que soy muy pesado con algunos temas pero, bueno, también son muy pesadas las madres cuando advierten a sus hijos de según qué cosas. O también lo son los políticos engañándonos sobre lo bien que va todo. Al final, no se trata de repetir mucho algo sino de que, quien lo escuche –o lo lea-, lo utilice para bien.
La honestidad es, para mí, el valor más completo y la gente honesta, directamente, me roba el corazón. Honesto es decir la verdad, asumir los errores que uno haya cometido (y sus consecuencias), practicar la coherencia con uno mismo, tener una vida, con sus aciertos y fallos, llevada con dignidad… Eso de lo que, en el mundo artístico, puede presumir Raphael que, estos días, está de enhorabuena por el estreno de su nuevo disco, “Sinphónico”, y su regreso al cine, con “Mi gran noche”, de Álex de la Iglesia.
Cuando visualizo en mi mente a este señor pienso en alguien que, a pesar de su grave operación de trasplante de hígado, a pesar de su edad (72 años), a pesar de que su voz ya no es la misma de antes, sigue ahí ofreciendo siempre la mejor de sus sonrisas y, sobre todo, ese arte que la naturaleza le ha regalado. Una persona que jamás ha dado un escándalo y que se ha entregado en cuerpo y alma a la misión de hacer felices, a través de la música en su caso, a varias generaciones que le admiran de forma incondicional. Varias virtudes demasiado contundentes como para no quitarse el sombrero ante quien las posea.
