Ayer sentí vergüenza ajena. Me da pena decirlo pero eso fue lo que me pasó por el cuerpo cuando, durante un rato que tuve puesto “Sálvame”, escuché a Ángel Garó fuera de sí, diciendo todo tipo de barbaridades y, sobre todo, exigiendo dinero por el daño sufrido a cuenta de las declaraciones de sus ex.
Ángel, que siempre ha sido un tío respetable que no se ha metido en nada –al menos, públicamente-, estaba como fuera de sí, gritando, amenazando, dando un mal rollo tremendo tanto en la parte que emitieron -y en la que charlaba con Paz Padilla-, como en diferentes grabaciones que, según parece, él había dejado en conversaciones internas con el equipo del programa (algo que, por otro lado, nunca entenderé puesto que, usar una charla telefónica como material televisivo no sé yo hasta qué punto es muy ético).
Sea como sea, el humorista –al que una vez entrevisté y me pareció un tipo bastante educado-, ha tirado por la borda, en un momento, una trayectoria de éxito que, no obstante, hacía bastante no le daba muchas satisfacciones. Vinculado al mundo del arte y las antigüedades, Garó parece demostrar una prepotencia de divo que, ni hoy día se lleva, ni trae, al final, nada bueno.
No sé. Lo mismo es cierto que quieren dar de él esa imagen pero a mí me huele a que se ha destapado una olla podrida que no ha hecho nada más que empezar a dar que hablar. O se tira rápido por el wáter, o terminará apestando todo el bloque.