El número siete, por sus virtudes ocultas, tiende a realizar todas las cosas: es el dispensador de la vida y fuente de todos los cambios, pues incluso la Luna cambia de fase cada siete días: este número influye en todos los seres sublimes”. Firmado… Hipócrates. Siete fueron las maravillas del mundo, siete los pecados capitales y hasta siete las novias para los siete hermanos. Y, más aún, en el caso de María Teresa Campos, siete los hombres que conforman su currículum sentimental.
Ése es uno de los datos que más llaman la atención del libro que, dentro de dos semanas, presentará la periodista en Madrid bajo el título “Amar, ¿para qué?” y donde repasa las relaciones que ha mantenido comparándolas con las de otros grandes referentes del mundo del espectáculo como Liz Taylor y Richard Burton o de la literatura, como Romeo y Julieta. Desde su matrimonio con el padre de sus hijas, José María Borrego (con el que se casó con 23 años y del que, a pesar de la ruptura emocional, nunca llegó a separarse) hasta la relación con el que fuera gerente de FIBES, Felipe Luis Maestro (que yo pensaba nunca llegaría a confirmarse del todo), pasando por su gran compañero, Félix Arechavaleta, la malagueña ha sufrido por amor tal vez más de lo que ha disfrutado. Sin embargo, superada la barrera de los setenta –que hasta para eso ha sido avanzada-, el corazón de Teresa ha vuelto a latir por alguien.
Ella, que dejó su tierra natal de Málaga por la capital a los cuarenta, que ha luchado como una jabata por ser la “número 1”, que ha sido madre y abuela ejemplar de su “prole”, que lo mismo ha presentado un “magazine” de tarde que un informativo de mañana, que lleva tres décadas de éxitos ininterrumpidos, ha visto cómo el destino le tenía preparada una paradójica sorpresa. Porque, coincidiendo con el lanzamiento de esta obra –que, ya han comprobado por cómo se llama, cuestiona la entrega emocional-, “la” Campos ya no es la misma que era, pasando de soltera “y sin compromiso”, a pareja de alguien tan carismático también como “Bigote” Arrocet.
Situados en el punto de mira, ambos constituyen una maravillosa forma de entender que, cuando menos se espera, salta la “chispa” y que, compartir risas y confidencias, es el auténtico secreto para que los ojos vuelvan a brillar y la sonrisa vuelva a dibujarse en el rostro. Por eso tengo entendido que Teresa desmitifica en su obra el romanticismo tal y como se ha venido entendiendo hasta ahora apostando por una visión más realista del asunto, eso sí, sin que éste quede carente de pasión. Los cuerpos, con el paso del tiempo, es evidente que pierden facultades pero, ¿cuántas llamas pueden caber en una mirada? Compruébenlo con alguien que les guste porque les aseguro que ahí sí que la edad, no cuenta.