Soy joven. Lo afirmo con rotundidad para que no quede ninguna duda y, en especial, para aquellos que sienten curiosidad acerca de mi edad. Tampoco hace falta decir los años que tengo porque en realidad uno es lo que transmite y esto depende muy mucho de cómo afrontes la vida. Así que, repito, yo soy joven. Eso sí, con una salvedad pues, a pesar de esa condición, he intentado aprovechar el tiempo y crecer y aprender como persona todo lo que he podido con lo que, y me alegro de esto, me considero bastante alejado de todo lo poco positivo que engloba el concepto de “niñato”.
Yendo al “grano”, en virtud de mi experiencia hay varias cosas que hasta ahora me han quedado claras y una de ellas es que, por mucho que nos empeñemos, el ser humano no cambia. Te transformas, evolucionas, amplias la perspectiva pero lo que es tu esencia permanece tal cual “por secula seculorum”. Por eso es muy complicado, sino imposible, que alguien bueno se convierta en malo y viceversa, o que alguien que es infiel deje de serlo o que alguien triste de espíritu se convierta en la “alegría de la fiesta” (otra cosa es que nos queramos “autoconvencer” de lo contrario pero eso son estrategias mentales que, como dice Shaila Dúrcal en su nueva canción, “No me interesan”).
¿Por qué de estas afirmaciones? Porque ayer, hablando con India Martínez mientras ella se dirigía camino de Ciudad Real para una actuación, le comentaba a la cantante que, a la hora de hacer entrevistas, parecía menos tímida hoy día algo a lo que ella respondía con mucha coherencia: “No es eso. Lo que pasa es que con el rodaje te sueltas más aunque, en la esencia, me considero igual y aún me cuesta expresarme en lo que a cuestiones privadas se refiere”.
Enseguida, al escucharla, me venía a la cabeza mi amiga Pastora Soler la cual este verano, como saben, alterna gira con la presentación de la versión infantil de “Se llama copla”. Una mujer que, con mucho talento y, más aún, mucho esfuerzo y constancia se ha convertido en “la voz de España” pero que, pese a toda su trayectoria, pese a todos los “tiros dados” en el camino, continúa guardando ese halo de timidez que, ya pasado por el filtro de la veteranía, queda más disimulado. Lo que pasa es que en el fondo, sus ojos (ésta también es otra enseñanza con un veredicto irrebatible), lo dicen todo y, cuando uno la mira (y más en la “tele”, que es como una radiografía), sabe que su exposición al público le supone un conflicto interior importante.
Es la sabida contradicción de casi todos los que se dedican al mundo del espectáculo quienes, por un lado, aman subirse a un escenario y hacer vibrar con su arte a sus seguidores y, por otro, si cuando terminaran su trabajo pudieran volverse invisibles, les aseguro que la mayoría lo harían. Una interesante dicotomía que busca el equilibrio entre el deseo de agradar y el temor de no conseguirlo. Ése es el auténtico reto.