Me encanta el matrimonio que forman Angelina Jolie y Brad Pitt. Y me encantan por muchas razones que voy a analizar de afuera hacia adentro (que, como sabiamente han enseñado tantos y tantos cuentos tipo “La bella y la Bestia”, es lo que de veras importa). Así, para empezar, a la vista está que tanto una como el otro son dos personas físicamente bellísimas. Ella, con una elegante delgadez y unos rasgos que llaman la atención por lo exótico. Él porque, más allá de cumplir con los cánones actuales de rostro y cuerpo, ha sabido madurar con una serenidad envidiable bajo la que ha potenciado aún más su innegable atractivo.

Sin embargo, lo más interesante de ambos es que, tras esa fachada, se esconden dos grandes personas, comprometidas con la sociedad y con ellos mismos a través de esa familia que han sabido crear y que, con hijos propios y adoptados, constituye un ejemplo de sencillez, dentro del “glamour” en el que viven inmersos. Más allá, son dos seres humanos defensores de los más desfavorecidos y de testimonios como el que Angelina cuenta en “Unbroken”, la película que cuenta la historia del atleta Louis Zamperini y que le ha llevado a ser invitada por el mismísimo papa Francisco. Allí, en el vaticano, la actriz –a la que no pudo acompañar Brad pero sí dos de sus pequeños-, se mostró encantada con el saludo al pontífice, del que se confesó una fiel admiradora. Y es que no hay sentimiento que sea capaz de unir más que la bondad. Doy fe de ello.