La vulgaridad no es una cuestión de clase social, ni de edad, ni de sexo. La vulgaridad es una actitud que se puede mantener durante toda la vida o que puede aparecer en un momento concreto y cargarse lo que, hasta ese punto, hayas podido construir con más o menos acierto. Es vulgar la avaricia, la mentira, la infidelidad, el insulto… Son vulgares quienes van por encima del mundo y se creen el centro del universo, los que no ayudan a nadie, los superficiales… Y yo, que lo mismo soy vulgar y ni siquiera lo sé, cada vez me considero más tolerante en todo menos en lo que atañe a la vulgaridad.
Por eso sentí bastante vergüenza ajena cuando hace una semana apareció Leticia Sabater en “Sálvame Deluxe” hablando de su virginidad “reconstruida” y sirviendo como cachondeo de unos tertulianos que, lógico, no pudieron parar de reír ante la bochornosa situación. Está claro que “la amiga de los niños” quedó bastante atrás para dar paso a una mujer que, con 48 años, más parece una de esas niñatas que salen de programas como “Gandia Shore”, que nunca vi pero sé de qué van.

Sea como sea, tampoco me ha causado menos estupor el romance de Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler, no porque no tengan derecho a tenerlo sino por la manera en la que el escritor ha terminado con una esposa junto a la que ha compartido “solo” medio siglo. Lo siento pero las cosas no se hacen así, especialmente, entre gente que se presupone… elegante.
Al final, cada uno queda de lo que es: hay burros, hay caballos, y hay burros con arneses de caballo.