Dice Teresa, mi psicóloga, que lo estoy haciendo muy bien y que, en muy poco tiempo, estoy logrando dar un giro a mi mente acorde al gran giro que ha dado mi cuerpo y mis circunstancias vitales. Y es que, en algo más de dos años, he cambiado de trabajo (de depender de una empresa a hacerlo de mí mismo), de físico (he evolucionado de estar delgado en exceso a poder presumir de una complexión atlética y musculada y de tener poco pelo a una cabeza poblada de cabello), y, lo más importante, he modificado en muchos sentidos mi pensamiento. Sea como sea, todavía me queda un poquito para lograr la tan ansiada armonía de “lo de fuera” y “lo de dentro” pero no me doy por vencido.
Lo que no quiero ni imaginar es el volcán en ebullición que debe ser el cerebro de Kiko Matamoros a quien, cuando el otro día lo vi por televisión, lo encontré muy perjudicado. Porque se ha quitado las arrugas, sí, pero… ¿es él? ¿O ha aparecido el que de veras se escondía tras su fachada? ¿Qué sentirá cuando se mire ahora en el espejo? ¿Se reconocerá?
A mí el mío (el espejo, me refiero), me devuelve una imagen que cada vez me gusta más y, lo mejor, me transmite un interior que se refuerza por momentos. Ése del que me siento tan orgulloso y que estoy dispuesto a defender a capa y a espada contra cualquier “enemigo” que pretenda atacarlo o que no sepa mimarlo. A estas alturas del parchís, daño gratuito, el justo.